El propósito nunca es obvio

Había una vez un hombre que, inesperadamente, recibió una herencia. Sus primeras ideas cuando se enteró de tal noticia fueron acerca de cómo, por fin, podría asegurar su futuro y, además, del bien que podría hacer valiéndose de su fortuna.

No obstante, entre gastos imprevistos, malas inversiones y una tendencia al derroche, acabó por perderlo todo al cabo de un año. El resto de sus días, lo pasó lamentándose por sus malas decisiones y por haber perdido su gran oportunidad.

¿Te suena familiar esta historia? Tal vez nunca has recibido una herencia, y puede que el dinero no ocupe un lugar importante en tus preocupaciones cotidianas. Y aun así, apuesto a que conoces bien el sinsabor de haber tomado una mala decisión, o de haber sido “víctima” del destino, lo que marcó irremediablemente tu vida de una forma que tú nunca hubieras querido.

Sin embargo, el propósito nunca es algo obvio… Estamos tan acostumbrados a atribuir a nuestras experiencias un significado establecido (que casi nunca viene de nosotros, sino de lo que nos han enseñado que debe ser) que pasamos por alto que toda vivencia entraña un oportunidad, o un aprendizaje, que no siempre es evidente a primera vista.

Y no es evidente porque la vida sea muy complicada, como nos resulta cómodo creer, sino porque, precisamente, ponemos nuestras expectativas sobre cada situación que nos acontece. Juzgamos cómo deben ser las cosas y cómo no, y en ese proceso que realizamos de forma automática, impedimos que cada acontecimiento, cada experiencia, florezca plenamente revelándonos su verdadero propósito.

¿Y qué tal que el propósito de esa persona que fue tan especial en tu vida no era quedarse para siempre contigo, sino que estuvo y se fue por algo más? ¿Has considerado que el propósito de tu cuerpo, ahora incapacitado por una enfermedad o accidente, no era ser por siempre saludable, sino que se trataba de algo más? ¿Te ha pasado por la cabeza la idea de que el significado de ese gran trabajo que perdiste no era que lo conservaras hasta el fin de tus días, sino algo más?

Tal vez, si el hombre de nuestra historia hubiera reconocido que el propósito nunca es obvio hubiera reconocido que su experiencia le brindaba la oportunidad de entender que los bienes materiales van y vienen, y que depositar la paz y la esperanza en un ídolo tan caprichoso no puede sino conducir a la decepción. Tal vez…

Pero, ¡yo qué sé! Para nuestro disgusto el propósito nunca es obvio y, peor aún, la respuesta no puede ser formulada universalmente. No sé qué aprendizaje estaba oculto tras la pérdida de su fortuna, como tampoco sé lo que está presto a revelarse en tus experiencias. Ése es un camino que a cada uno nos toca realizar.

Lo que sí sé es que hay que acallar la mente. Juzgar menos y escuchar más, a la vida y a nosotros. Porque el propósito se vuelve obvio para quien verdaderamente está dispuesto a mirarlo.

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