Manipulados para amar

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Llevemos algo del neuromarketing al ámbito de las relaciones sociales para ver cómo éste no sólo nos vuelve dóciles consumidores de productos sino también de proyectos de vida completos, pues no es casualidad que tantas personas creamos, consciente o inconscientemente, que una vida plena incluye el vínculo de pareja (preferentemente, el heterosexual).

Ciertamente, la química del amor existe. Cuando sentimos atracción por alguien, nuestro cerebro se revoluciona y se convierte en una gran celebración con fuegos artificiales conocidos como dopamina, norepinefrina y serotonina.

A partir de ese momento, nuestro comportamiento se parece mucho al de un adicto: alteraciones en el sueño y el apetito, pensamientos recurrentes acerca del ser amado, distracciones y una especie de síndrome de abstinencia cuando él o ella no está.

Por suerte, físicamente esto no dura demasiado. Sin embargo, no por ello dejamos de mostrar comportamientos compulsivos dentro de nuestras relaciones. Por ejemplo, al aferrarnos a vínculos que no están resultando sanos para nosotros.

Para poder superar una adicción debes reconocerte como un adicto, ¿cierto? Para dejar de ser un zombie del amor, debemos reconocernos como uno de ellos, y por eso a continuación dejo unas pinceladas acerca del neuromarketing y cómo puede utilizarse para vendernos el “felices por siempre”.

Zombis del amor

¿Te suena el nombre de Martin Lindstrom? Se trata de un experto del neuromarketing que ha aumentado considerablemente las arcas de marcas mundialmente conocidas gracias a sus campañas publicitarias.

En 2011, Lindstrom publicó Así se manipula al consumidor (Planeta). Mi encuentro con este libro me dejo una clara idea de lo perjudicial que es la conjunción de la tecnología, la ciencia y la falta de ética. El autor explica las principales tácticas de venta de las grandes marcas. Sin embargo, lo que quiero exponer es cómo estas estrategias también están presentes en la promoción del mejor mal acompañados que solos, ¿o cómo era?

De los canales por medio de los cuales recibimos el mensaje de que la pareja ha de ser parte de un proyecto de vida hecho y derecho, las redes sociales ocupan un lugar importante. Las figuras públicas o influencers se muestran sin reservas deleitándose en las mieles del amor. Acto seguido nuestro cerebro nos grita: “Yo también quieroooo”.

Además, las redes sociales tienen su propia versión de la clásica técnica del “boca a boca”. Cualquier usuario puede fomentar el deseo de emparejarse, como si de Arca de Noé se tratara, cuando compartimos cada detalle de lo maravilloso que es estar con nuestra pareja.  ¿Quién no ha dejado escapar uno que otro suspiro al ver a unos tortolitos en Instagram? Tengo la sospecha de que la profundidad del suspiro está estrechamente relacionada con lo lejos que nos sentimos de satisfacer el ideal.

Sin embargo, pasemos de mis sospechas a un par de datos validados que ofrece Martin Lindstrom en Así se manipula…, e intentemos pensar con ellos la forma en que la aspiración al “nosotros” se ha implantado en nuestros cerebros.

Como nos enseña Lindstrom, los cerebros en desarrollo son deliciosamente moldeables:

Empresas de todo tipo saben perfectamente que los anuncios determinan las preferencias duraderas de los niños a una edad muy temprana.

Por esta razón, la publicidad se dirige no sólo a los adultos con capacidad adquisitiva sino también a los y las niñas. Es muy simple: están fabricando hoy al consumidor de mañana. Muy astuto, ¿verdad?

Llevándolo a nuestro tema, resultan preocupantes los limitado avances en cuanto a la representación de la diversidad de los vínculos amorosos. Pese a los esfuerzos, los resultados son pobres: nuestras niñas y niños siguen recibiendo primordialmente el mensaje de que establecer una pareja convencional y heterosexual es lo más deseable y que, tarde o temprano, habrá que cumplir con ese mandato si queremos ser personas plenas y felices.

Nuestro sueño de una sociedad diversa requiere que hoy mismo empecemos a transmitir el mensaje —sobre todo a través de la visibilización y la representación en medios creativos, cuyo impacto está más que probado— de que ningún modelo relacional es por sí mismo bueno, sino que son muchas las posibilidades y que lo importante es que los vínculos se basen en principios como el respeto, la no violencia y la libertad.

Por otro lado, como buen manipulador, el neuromarketing sabe aprovechar nuestros miedos más primitivos para su beneficio:

Los anunciantes explotan los miedos a nuestros peores yoes y activan inseguridades que incluso nosotros ignorábamos.

La soledad es uno de los miedos más explotados por el marketing del amor. Se asocia el vivir en pareja con sentirnos acompañados y apoyados. Aun cuando la mayoría sabemos por experiencia que la pareja no es un mágico antídoto contra la soledad, caemos una y otra vez en la trampa de embarcarnos en un nuevo intento amoroso para mitigar nuestra sensación de soledad, muchas veces causada, precisamente, por una ruptura amorosa. Irracional, ¿no? Es el clásico “un clavo saca a otro clavo” y es un buen ejemplo de por qué nunca debemos subestimar al inconsciente.

Te aseguro que estos dos ejemplos no son los únicos de cómo los fundamentos del neuromarketing trabajan para vendernos una idea de lo que debe ser el amor. El modelo típico de pareja puede ser una opción válida. El problema es que no lo estamos experimentando así, como una opción entre otras igualmente válidas.

Más que hablar en contra de este modelo he querido mostrar los peligros de volvernos pasivos respecto a los motivadores para actuar. Si no queremos ser víctimas del lavado del cerebro del que nos habla Martin Lindstrom, empecemos por entender cómo se lleva a cabo este lavado y usemos ese conocimiento a nuestro favor; con ello, sin duda ganaremos poder y libertad en el amor y en todos los ámbitos de nuestra vida.

¡Felices lecturas, prrr…!

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