El compromiso más sagrado

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Ayer, mi persona favorita me dijo “No me gustan los cambios”. “¿Y a quién sí?”, pensé, pero no dije nada, pues no me parecieron palabras adecuadas para ese momento. Incluso los detractores de las rutinas, ante cambios inesperados en su vida, han llegado a experimentar abatimiento, malestar, ansiedad y, en fin, la consecuente pérdida de equilibrio que implica el recordar que, en realidad, siembre andamos sobre arenas movedizas, aunque a veces la vida nos permita olvidarlo por un rato.

¿De qué depende el que algunas personas reaccionemos mejor y otras peor ante los cambios? Muchos dirán que de eso que llamamos personalidad. Tengo mis dudas. Aunque, en general, la personalidad pude tener un importante peso en este sentido, he constatado en mí misma que ésta no es definitoria.

¿Dependerá entonces de la magnitud o naturaleza del cambio? Me parece que tampoco puedo estar de acuerdo: he colapsado ante mínimas modificaciones y me he descubierto vigorizada y valiente ante “grandes” y “dramáticos” cambio, aunque ni yo misma lo habría creído si me lo hubieran contado.

Quizá es momento de introducir en estas divagaciones una precisión: Los cambios son aquellos sucesos que consideramos que tienen lugar afuera de nosotros y el equilibrio es un estado que percibimos como interno.

Lo externo conjuga un sinfín de factores que escapan al control de nuestras individualidades. Es el terreno de la total incertidumbre, y pensándolo así, resulta algo masoquista que nos hayamos enseñado a poner la mira siempre en ese “afuera” y no en el proceso interno o, más precisamente, en la conciencia que somos y que está experimentando ese “afuera”.

Este volcarnos al exterior, tiene como consecuencia la tendencia de vivir en el mañana: tal vez mañana, cuando las cosas cambien, estemos un poco menos tristes, menos desesperados. Ante esas enseñanzas que tienen como centro el afuera y el futuro, es decir, que consiguen que nos evadamos a nosotros mismos de manera magistral, existe una sabiduría ancestral expresada de muchas formas, según la cual la realidad es AHORA y el pasado y el presente no son más que ilusiones. Una sabiduría que nos indica que, en realidad, el afuera y el adentro no son distintos.  

Sin pretender ahondar en un tema tan complejo por simple, pues a nuestra mente le gustan las pseudoverdades  retorcidas, si nos cuidamos de malentender estas enseñanzas, nos daremos cuenta de que no son, como a veces nos gustaría creer, recetas mágicas para atraer lo que siempre hemos deseado (¡y qué suerte!). Estas enseñanzas son siempre una  exhortación a que indaguemos con seriedad el funcionamiento de nuestra mente.

Y al hacer esto, comenzamos a entrever cómo la continua planificación y nuestras expectativas provienen de un apego malsano a lo exterior. O bien, dicho al revés, al mantener la firme creencia de que, cuando las cosas de “afuera” sean como yo quiero, seré feliz, no nos queda más remedio que consagrar nuestros mejores esfuerzos a que lo externo se amolde a nuestras expectativas. Pero, en esos casos, el resultado siempre será dudoso.

Está bien que sepamos qué estamos esperando ante una ola de cambios en nuestra vida y está bien que tomemos acción para que ello se consiga. No obstante, conviene que nos formulemos la siguiente pregunta: “Si el carácter caprichoso de los acontecimientos no me brinda el escenario esperado, ¿podría estar en paz con eso?”. Siendo honestos, muchos contestaríamos que no, y entonces tendríamos que cuestionarnos por qué seguimos poniendo en marcha dinámicas mentales que nos producen sufrimiento, pues cualquier falta de paz ES SUFRIMIENTO.

¿Y si por fin nos comprometemos a dejar de vivir en la inconsciencia y, a fin de cuentas, en el automaltrato? ¿Estamos lo suficientemente hartos de vivir como lo hemos hecho como para establecer un compromiso con nosotros mismos que nos conduzca de vuelta a nuestra realidad, a esa paz en la que nos reconocemos?

Las aguas que conforman el río de nuestra vida podrán moverse todo lo que quieran, pero siempre podemos comprometernos a ver en ello una oportunidad más para conocernos. Viktor E. Frankl, quien supo entender a la perfección que la psicoterapia no puede prescindir de lo espiritual, insistió en la libertad que todos tenemos respecto a dotar de sentido nuestras vidas, y ese sentido, en mi opinión, consiste en recordar la realidad de nuestro Ser.

El compromiso de permitirnos ver en cada nuevo escenario una oportunidad de autoconocimiento ha  de renovarse las veces que sea necesario. Este compromiso, que es el más sagrado que podemos hacer en nuestro paso por la tierra, vale toda perseverancia. La creencia de que podemos fallar no ha de hacer que nos abandonemos a nosotros mismos de nuevo.

Ésta es una libertad —o responsabilidad, su otra cara— que nadie nos puede quitar, pero sí podemos renunciar a ella. De hecho, continuamente lo hacemos, siendo irresponsables con nosotros mismos. Sin embargo, sin culpas y más bien con amor, retomemos el rumbo las veces que sea necesario, pues hemos de hacer prevalecer el compromiso más sagrado.

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