¿Y quién eres tú?

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La identidad es un tema que, ciertamente, goza de la preferencia de los autodenominados “amantes de la sabiduría”, o filósofos. Asunto por demás extenso, la identidad pertenece al ámbito de las definiciones y puede referirse a objetos, físicos o mentales pero también matemáticos o geométricos («¿Qué hace que un triángulo sea un triángulo y no, por ejemplo, un cuadrado?»).

De hecho, la lógica, rama de la filosofía, contiene entre sus principios básicos el principio de identidad, según el cual, como nos recuerdan Antonio García y Javier Aguirre en Lógica y teoría de la argumentación:

una cosa es lo que es y nada distinto de lo que es… Si una cosa es esta o aquella cosa, entonces no es otra cosa distinta que esa cosa.

No obstante, la identidad también posee una dimensión que es la que, brevemente, me gustaría abordar: la identidad personal, que tiene como centro la pregunta «¿Quién soy?», cuya respuesta, a primera vista, debería darse por descontado en nuestra vida. Sin embargo, una rápida mirada a nuestra experiencia individual y colectiva nos demuestra que no es así; por el contrario, se trata de una de las interrogantes más persistentes a lo largo del tiempo.

A continuación, quisiera citar uno de mis diálogos literarios favoritos al respecto. Lewis Carroll, en la charla que Alicia tiene con la Oruga en el País de la Maravillas, expresa esta inquietud así:

La Oruga se sacó la pipa de la boca y se dirigió a ella [a Alicia] con voz lánguida y soñolienta.

—¿Tú quién eres? —le preguntó.

—En este preciso momento, señora, no lo sé muy bien, pero sí sé, al menos, quién era esta mañana cuando me he levantado. Sin embargo, me temo que he cambiado varias veces desde entonces.

—¿Qué es lo que quieres decir? —preguntó la Oruga secamente—. ¡Explícate!

—Creo que no puedo explicarme, señora —repuso Alicia—, porque no soy yo misma, ya lo ve.

—Yo no veo nada —replicó la Oruga.

—Siento no poder explicárselo con mayor claridad —contestó Alicia muy educadamente—. Para empezar ni siquiera yo misma lo entiendo, y además cambiar de tamaño tantas veces en un solo día resulta bastante confuso.

—No es verdad —dijo la Oruga.

—Bueno, quizá usted no ha pasado por esto, pero cuando se convierta en crisálida, que algún día le ocurrirá, ya sabe, y después en mariposa, me figuro que se sentirá un poco extraña, ¿no cree?

—Nada de eso —afirmó la Oruga.

—Bueno, quizá usted sienta las cosas de forma diferente a mí, porque estoy segura de que yo sí me sentiría extraña.

—¡Tú! ¿Y quién eres tú? —comentó la Oruga con desprecio, lo que situó la conversación de nuevo en el principio.

Como Alicia y la Oruga, nosotros volvemos una y otra vez a la pregunta «¿Quién soy?». Y es que la respuesta que ha de dársele es muy personal, lo que no significa que nuestra indagación sobre la identidad debe hacerse en soledad:

La filosofía se hace siempre en primera persona. Soy yo quien tiene que plantear la primera pregunta y buscar la respuesta [Pero] es una tarea que no se puede hacer en solitario […]: filosofar es algo que hacemos siempre con otros, en un diálogo de personas que comparten la misma inquietud por explorar las fronteras de lo cotidiano que se ha convertido en problemático (García, 2010: 25).

Efectivamente, filosofamos en compañía. Pese a los clichés, el diálogo filosófico no conduce a la desolación sino que nos arranca de ella. Trasciende las limitantes espacio-temporales. Ahora mismo, mientras escribo, estoy manteniendo un diálogo contigo, futuro lector o lectora, con los autores de hace centurias, con las profesoras y con las amistades en cuya compañía he reflexionado sobre estos temas.

Ahora bien, ¿por qué la identidad se nos vuelve algo problemático? Para empezar, la problematicidad de la identidad es evidente sólo en algunos momentos o circunstancias. Es innegable que hay períodos en los que el «¿quién soy?» nos da tregua, lo que no significa que la respuesta definitivamente haya sido dada. Digamos, más bien, que la pregunta se mantiene en un estado latente. En cambio, en otros, nos sentimos apremiados a sumergirnos en esta persistente interrogante, al grado de que nuestra vida nos resulta invivible si no damos una respuesta siquiera tentativa.

En general, la identidad está asociada con la noción de mismidad: pese a los cambios algo ha de mantenerse para que una cosa siga siendo lo que es. Y nótese que digo cosa y no persona, porque en lo que se refiere a la identidad personal el asunto es más complejo. Reconocemos que en nosotros no existe una absoluta identidad, pero la discontinuidad total nos resulta inadmisible. Aquello que en nosotros permanece, si lo hay, siéndonos tan vital, es también lo que se nos escapa constantemente.

Somos seres del tiempo, cambiantes. Distintos de lo que fuimos y de lo que seremos, mas, en algún sentido, los mismos. «¿En qué consiste esa singular mismidad, que no excluye la variación, sino que se nutre de ella?», se preguntó Julián Marías hace poco menos de un siglo, como mucho antes otros se lo preguntaron, como hoy nos lo preguntamos nosotros y como se lo preguntarán las generaciones futuras. Para este filósofo, el modo de ser de la persona humana es vivir. Su identidad es imposible de aprehender, al menos en el sentido en que aprehendemos las cosas o los objetos ideales. La persona existe como pretensión, y sólo está conclusa en la muerte.

Lo cambios en nuestro entorno y en nuestras relaciones implican, asimismo, una crisis respecto a nuestra identidad. Esta dependencia de circunstancias muy variables hace de la inseguridad, de la falta de certeza, un elemento constituyente de la existencia humana. Paradójicamente, es ese mismo entorno social el que nos brinda un repertorio de creencias y usos que hacen que nuestra vida sea vivible. Mas cuando algo falla en el sistema heredado, la idea de lo que somos no puede sino verse afectada, lo que nos obliga a indagar acerca de nosotros mismos.

¿Cómo puede ayudarnos la filosofía en estos casos? Siguiendo a Roxana Kreimer, de forma resumida, el camino que recorre la filosofía consiste en 1) plantear un tema o pregunta inicial (por ejemplo, «¿quién soy realmente?»), 2) clarificar y analizar los conceptos relevantes (por ejemplo, ser, cambio, otredad, autenticidad, etc.), 3)  detectar supuestos e implicaciones lógicas («la identidad es algo fijo», «los cambios son temibles», «mi identidad depende de la percepción que otros tengan de mí»), 4) evidenciar las contradicciones en nuestro discurso (como afirmar que la identidad es inmutable y al mismo tiempo aceptar que no soy ni me siento como hace unos años ¡o días!), 5) repetir el proceso cuantas veces sea necesario. ¡Recuerda, los filósofos aman las preguntas más que las respuestas!

Por supuesto que, además, hay pensadores que han abordado el tema y dejado constancia de sus reflexiones en diversos escritos. Sin embargo, más que recurrir a ellos como si de fármacos para curar los «males» existenciales se trataran, hemos de acercarnos a ellos para mantener un diálogo, cuyas conclusiones, como ya hemos visto, siempre serán provisorias pero lo suficientemente confiables como para que, al menos en determinados momentos, el escepticismo que recae sobre nuestro verdadero ser se apacigüe y, ficciones o realidades, vivamos la vida, o dejemos que ésta nos viva, cuestión de perspectiva.

BIBLIOGRAFÍA

Carroll, L. (s/f). Alicia en el país de la maravillas. Susaeta.

García, F. (2010). Personas razonables. México: Progreso

Kreimer, R. (2002). Artes del buen vivir. Buenos Aires: Anarres

Marías, J. (1947). Introducción a la filosofía. Madrir: Manuales de la Revista de Occidente


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