¿Y quién eres tú?

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La identidad es un tema que, ciertamente, goza de la preferencia de los autodenominados “amantes de la sabiduría”, o filósofos. Asunto por demás extenso, la identidad pertenece al ámbito de las definiciones y puede referirse a objetos, físicos o mentales pero también matemáticos o geométricos («¿Qué hace que un triángulo sea un triángulo y no, por ejemplo, un cuadrado?»).

De hecho, la lógica, rama de la filosofía, contiene entre sus principios básicos el principio de identidad, según el cual, como nos recuerdan Antonio García y Javier Aguirre en Lógica y teoría de la argumentación:

una cosa es lo que es y nada distinto de lo que es… Si una cosa es esta o aquella cosa, entonces no es otra cosa distinta que esa cosa.

No obstante, la identidad también posee una dimensión que es la que, brevemente, me gustaría abordar: la identidad personal, que tiene como centro la pregunta «¿Quién soy?», cuya respuesta, a primera vista, debería darse por descontado en nuestra vida. Sin embargo, una rápida mirada a nuestra experiencia individual y colectiva nos demuestra que no es así; por el contrario, se trata de una de las interrogantes más persistentes a lo largo del tiempo.

A continuación, quisiera citar uno de mis diálogos literarios favoritos al respecto. Lewis Carroll, en la charla que Alicia tiene con la Oruga en el País de la Maravillas, expresa esta inquietud así:

La Oruga se sacó la pipa de la boca y se dirigió a ella [a Alicia] con voz lánguida y soñolienta.

—¿Tú quién eres? —le preguntó.

—En este preciso momento, señora, no lo sé muy bien, pero sí sé, al menos, quién era esta mañana cuando me he levantado. Sin embargo, me temo que he cambiado varias veces desde entonces.

—¿Qué es lo que quieres decir? —preguntó la Oruga secamente—. ¡Explícate!

—Creo que no puedo explicarme, señora —repuso Alicia—, porque no soy yo misma, ya lo ve.

—Yo no veo nada —replicó la Oruga.

—Siento no poder explicárselo con mayor claridad —contestó Alicia muy educadamente—. Para empezar ni siquiera yo misma lo entiendo, y además cambiar de tamaño tantas veces en un solo día resulta bastante confuso.

—No es verdad —dijo la Oruga.

—Bueno, quizá usted no ha pasado por esto, pero cuando se convierta en crisálida, que algún día le ocurrirá, ya sabe, y después en mariposa, me figuro que se sentirá un poco extraña, ¿no cree?

—Nada de eso —afirmó la Oruga.

—Bueno, quizá usted sienta las cosas de forma diferente a mí, porque estoy segura de que yo sí me sentiría extraña.

—¡Tú! ¿Y quién eres tú? —comentó la Oruga con desprecio, lo que situó la conversación de nuevo en el principio.

Como Alicia y la Oruga, nosotros volvemos una y otra vez a la pregunta «¿Quién soy?». Y es que la respuesta que ha de dársele es muy personal, lo que no significa que nuestra indagación sobre la identidad debe hacerse en soledad:

La filosofía se hace siempre en primera persona. Soy yo quien tiene que plantear la primera pregunta y buscar la respuesta [Pero] es una tarea que no se puede hacer en solitario […]: filosofar es algo que hacemos siempre con otros, en un diálogo de personas que comparten la misma inquietud por explorar las fronteras de lo cotidiano que se ha convertido en problemático (García, 2010: 25).

Efectivamente, filosofamos en compañía. Pese a los clichés, el diálogo filosófico no conduce a la desolación sino que nos arranca de ella. Trasciende las limitantes espacio-temporales. Ahora mismo, mientras escribo, estoy manteniendo un diálogo contigo, futuro lector o lectora, con los autores de hace centurias, con las profesoras y con las amistades en cuya compañía he reflexionado sobre estos temas.

Ahora bien, ¿por qué la identidad se nos vuelve algo problemático? Para empezar, la problematicidad de la identidad es evidente sólo en algunos momentos o circunstancias. Es innegable que hay períodos en los que el «¿quién soy?» nos da tregua, lo que no significa que la respuesta definitivamente haya sido dada. Digamos, más bien, que la pregunta se mantiene en un estado latente. En cambio, en otros, nos sentimos apremiados a sumergirnos en esta persistente interrogante, al grado de que nuestra vida nos resulta invivible si no damos una respuesta siquiera tentativa.

En general, la identidad está asociada con la noción de mismidad: pese a los cambios algo ha de mantenerse para que una cosa siga siendo lo que es. Y nótese que digo cosa y no persona, porque en lo que se refiere a la identidad personal el asunto es más complejo. Reconocemos que en nosotros no existe una absoluta identidad, pero la discontinuidad total nos resulta inadmisible. Aquello que en nosotros permanece, si lo hay, siéndonos tan vital, es también lo que se nos escapa constantemente.

Somos seres del tiempo, cambiantes. Distintos de lo que fuimos y de lo que seremos, mas, en algún sentido, los mismos. «¿En qué consiste esa singular mismidad, que no excluye la variación, sino que se nutre de ella?», se preguntó Julián Marías hace poco menos de un siglo, como mucho antes otros se lo preguntaron, como hoy nos lo preguntamos nosotros y como se lo preguntarán las generaciones futuras. Para este filósofo, el modo de ser de la persona humana es vivir. Su identidad es imposible de aprehender, al menos en el sentido en que aprehendemos las cosas o los objetos ideales. La persona existe como pretensión, y sólo está conclusa en la muerte.

Lo cambios en nuestro entorno y en nuestras relaciones implican, asimismo, una crisis respecto a nuestra identidad. Esta dependencia de circunstancias muy variables hace de la inseguridad, de la falta de certeza, un elemento constituyente de la existencia humana. Paradójicamente, es ese mismo entorno social el que nos brinda un repertorio de creencias y usos que hacen que nuestra vida sea vivible. Mas cuando algo falla en el sistema heredado, la idea de lo que somos no puede sino verse afectada, lo que nos obliga a indagar acerca de nosotros mismos.

¿Cómo puede ayudarnos la filosofía en estos casos? Siguiendo a Roxana Kreimer, de forma resumida, el camino que recorre la filosofía consiste en 1) plantear un tema o pregunta inicial (por ejemplo, «¿quién soy realmente?»), 2) clarificar y analizar los conceptos relevantes (por ejemplo, ser, cambio, otredad, autenticidad, etc.), 3)  detectar supuestos e implicaciones lógicas («la identidad es algo fijo», «los cambios son temibles», «mi identidad depende de la percepción que otros tengan de mí»), 4) evidenciar las contradicciones en nuestro discurso (como afirmar que la identidad es inmutable y al mismo tiempo aceptar que no soy ni me siento como hace unos años ¡o días!), 5) repetir el proceso cuantas veces sea necesario. ¡Recuerda, los filósofos aman las preguntas más que las respuestas!

Por supuesto que, además, hay pensadores que han abordado el tema y dejado constancia de sus reflexiones en diversos escritos. Sin embargo, más que recurrir a ellos como si de fármacos para curar los «males» existenciales se trataran, hemos de acercarnos a ellos para mantener un diálogo, cuyas conclusiones, como ya hemos visto, siempre serán provisorias pero lo suficientemente confiables como para que, al menos en determinados momentos, el escepticismo que recae sobre nuestro verdadero ser se apacigüe y, ficciones o realidades, vivamos la vida, o dejemos que ésta nos viva, cuestión de perspectiva.

BIBLIOGRAFÍA

Carroll, L. (s/f). Alicia en el país de la maravillas. Susaeta.

García, F. (2010). Personas razonables. México: Progreso

Kreimer, R. (2002). Artes del buen vivir. Buenos Aires: Anarres

Marías, J. (1947). Introducción a la filosofía. Madrir: Manuales de la Revista de Occidente


¿Existe una filosofía náhuatl?

Miguel León Portilla fue un historiador y antropólogo mexicano que en 1956 obtuvo su tesis doctoral con un trabajo de investigación que, posteriormente, sería publicado y se convertiría  en su obra más famosa: La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. En este trabajo, León-Portilla realizó una exhaustiva recopilación, traducción e interpretación de textos en náhuatl, que permitieron argüir a favor de la existencia de un pensamiento filosófico de esta ancestral cultura.

Quizá a ti, lector, lectora, te resulte extraño que haya (y siga existiendo) un debate académico sobre si es o no apropiado llamar filosofía a la sabiduría que está expresada en los cantares que han llegado a nuestro conocimiento.

Parece innegable que en esos poemas están expresadas las cuestiones más fundamentales de la filosofía: el discernimiento entre lo verdadero y lo ilusorio, lo correcto e incorrecto, la búsqueda de un principio trascendente, la posibilidad de hablar con verdad, el sentido de la existencia, etc. Aun así, las discusiones al respecto no han faltado, puesto que el acercamiento de Occidente a otras culturas, en general, se ha dado de forma problemática, e incluso colonizadora.

Hay quien niega que sea filosofía cualquier pensamiento que no posea una influencia directa del pueblo griego, a quien se le ha atribuido el origen de la filosofía. No obstante, el problema va más allá, puesto que, en el propio Occidente, al intentar definir qué ha de entenderse por filosofía, los desacuerdos no se han hecho esperar.

Dentro de la tradición occidental, algunas definiciones que se han postulado son:

  • Filosofar es preguntarse por el principio o fundamento de todas las cosas (presocráticos).
  • La búsqueda del saber libre y desinteresada (atribuido a Pitágoras).
  • Ciencia universal, rigurosa, principal y divina (Aristóteles).
  • Ciencia que se pregunta por el alcance del conocimiento humano (Kant).
  • Etcétera, y apuesto a que tú tienes tu propia concepción de lo que es.

Vista la imposibilidad de encontrar un acuerdo acerca de qué es la filosofía, podemos acudir a la pregunta de por qué surge la filosofía: ¿Qué ha motivado al ser humano a filosofar?

Cuando el ser humano se siente dudoso y desconfiado respecto a su sistema de creencias y el entorno al que dicho sistema da forma y sentido, el deseo por tener un mínimo de certidumbres que hagan la vida vivible no se hace esperar, y entonces la filosofía o, mejor aún, el filosofar se vuelve una indagación personal, sumamente activa, encausada para lograr esa estado de certeza, aun cuando sólo sea provisorio.

Así, el acto de filosofar es una reflexión acerca de lo que nos rodea, de nosotros mismos y de nuestro lugar en el mundo. Por ello, la filosofía no puede ser exclusiva de ciertas culturas o grupos. Afirmar que el cuestionamiento y las reflexiones que de éste emergen sólo valen como “filosóficas” por el hecho de presentarse de una forma sistematizada o dentro de una determinada tradición me parece empobrecer dramáticamente el concepto de filosofía. Incluso, cabe preguntarse desde qué lugar se puede negar a un pueblo esta sabiduría y, sobre todo, con qué fin.

En este tipo de debates, es común escuchar que el pensamiento filosófico se aleja completamente del mito y de lo religioso y que se vale exclusivamente de la razón en su quehacer. Y dado que la sabiduría náhuatl está plagada de metáforas y expresada en forma de poesía, quedaría fuera de lo considerado filosofía. Una vez más, mi punto de vista es que pensar que no hay razón en el mito o lo religioso es pecar de ceguera. Y viceversa, ¿acaso no es la ciencia, la razón y su método otro conjunto de ideas que hemos aceptado para organizar y dar sentido a nuestra vida, pero que, en última instancia, son imposibles de demostrar y justificar? Como vemos, los límites entre el mito y lo racional son borrosos.

La razón misma es un mito, y no existe parámetro objetivo para afirmar la superioridad de un sistema de creencias o métodos con respecto a otros. En nuestro conocimiento e interpretación del mundo, la lógica y la razón no son  opuestos a los mitos, cuentos, fábulas y poemas, sino complementarios. Y así lo atestigua el pensamiento de Platón, en el que la filosofía alcanzó alturas insospechadas.

Sin duda los sabios nahuas (tlamatinime) sintieron la urgencia de explicarse el acontecer de las cosas y se cuestionaron acerca de su valor. Por medio de cantos, ellos plantearon la problematicidad del mundo y del ser humano. Expresaron una profunda inquietud acerca del ser origen y destino del cosmos y de la humanidad.

Hay testimonio de una compleja y riquísima cosmogonía, que busca dar cuenta del universo, de su unidad y equilibrio, así como del principio que lo rige. Se ocuparon de la divinidad, entendida como el origen y fundamento de todo lo que existe. También del destino y su influencia en la vida de las personas. Finalmente, desarrollaron una interesantísima concepción del ser humano (que, a su entender, es rostro y corazón); es decir, especularon acerca de nuestra naturaleza y del sentido de nuestra existencia en la tierra.

Para finalizar, te comparto este bello canto para que tú mismo contestes a la pregunta de si existe o no una filosofía náhuatl.

Elevo mi llanto,

me aflijo.

Recuerdo que hemos de dejar las bellas flores,

los hermosos cantos.

Aún regocijémonos, aún cantemos,

nos vamos del todo,

nos perdemos allá en su casa.

¿Acaso saben algo nuestros amigos?

Se duele mi corazón,

se irrita,

no se nace dos veces,

no se es dos veces niño,

nos vamos de la tierra.

Todavía un momento más junto a la gente.

Ya aquí, a su lado, nunca se estará.

Nunca estaré alegre.

Nunca estaré contento.

Sólo das eso, desatas tus jades,

ya se entrelazan tus plumas preciosas,

Los tocados de flores color de ave zacuan,

sólo los das a los príncipes.

Variadas flores han hecho envoltorio de muerte,

cubren con plumas mi corazón.

Luego ya lloro, voy a la presencia de nuestra madre Santa María.1

Sólo digo al Dador de la vida:

no te disgustes,

no te hagas del rogar en la tierra;

ojalá pudiéramos vivir junto a ti,

sólo en tu casa, en el interior del cielo.

¿Acaso algo verdadero digo aquí,

Dador de la vida? Sólo soñamos,

sólo hemos venido a levantarnos con premura del sueño;

lo digo en la tierra,

a nadie podemos decírselo aquí.

Aun cuando sean jades, piedras pulidas,

tal vez para el Dador de la vida,

aquí a nadie podemos decirlo.

Para conocer algunos detalles interesantes de la lengua náhuatl y sus bellos vocablos te invito a ver la entrada Estudia conmigo palabras en náhuatl.

¡Felices lecturas y hasta la próxima!

NOTAS

1 Las palabras Santa María se encuentran testadas en el manuscrito, producto de las lamentables interpolaciones cristianas en los textos encontrados.

BIBLIOGRAFÍA

Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, México, UNAM/Instituto de Investigaciones Históricas, 1993.

_______ (ed.), Cantares mexicanos, t. 1, México, UNAM, 2011.

Rostro y corazón en la filosofía náhuatl

Ante las posibilidades de comunicación actuales, ¿realmente nos sentimos en contacto con los otros? ¿Por qué la desolación y el aislamiento se ven tan acentuados? ¿Qué retos enfrentamos ante la virtualización de nuestras relaciones? ¿Existe la posibilidad de un verdadero reconocimiento de la otredad en las nuevas circunstancias?

Sobre esto y más hablamos en este episodio de Sueños de Tinta titulado Rostro y corazón en la filosofía náhuatl. Disponible en iVoox y Spotifiy.

¡Saludos y hasta la próxima!

Eternos

Atrevámonos a fijar la mirada en eso que nos hermana a ti y a mí, al resto de los seres y, ¿por qué no?, a lo “inanimado”. ¡Qué extraña me resulta esa palabra! La vida se expresa por doquier. Lo no vivo, la muerte es también un tema de perspectiva.

Atrevámonos a mirar… No más Orfeos desvaneciendo al amor a causa de su mirar. La mirada que destruye al ser amado, a uno mismo o al propio Amor es un mito que funda a Occidente. ¡No mires o te convertirás en una estatua de sal! Perecerás, o al menos desearás haberlo hecho y preferirás arrancarte los ojos antes que volver a mirar. ¡Cuánto temor despierta la mirada! No más Orfeos, no más Edipos, no más mujeres petrificadas.

Miedo al mirar y al pensar que van de la mano. Alabamos la erudición y la intelectualización porque son las grandes maestras de la ocultación. Sin embargo, tememos a la contemplación y al pensamiento vivo por su capacidad de desvelar lo que está ahí, siempre, persistente, calmo, certero.

Atrevámonos a mirar porque lo único que la mirada puede destruir es la ilusión, la mentira, la falsedad. Pero ¿cómo se destruye lo que nunca ha sido hecho? Mejor recurrir a la luminosa metáfora de la Luz (disculparán la redundancia). La mirada ilumina y entonces por fin podemos “distinguir lo falso y lo verdadero, y reemplazar lo falso por lo verdadero” (UCDM, 8, IX).1 Reconocer lo falso como falso y lo verdadero como verdadero. ¡En qué simpleza radica toda la sabiduría a la que nuestra experiencia humana puede aspirar!

No obstante, seguimos en incansable huida de las ministras de la justicia2 que sabrán encontrarnos porque, como dijo Heráclito, “La guerra es común a todos, la lucha es justicia y todo nace y muere por obra de la justicia”.3 Rueda de Diké, Rueda de Samsara… Tantos nombres, una sola conciencia que conoce para conocerse.

Todo es un tema de perspectiva. En la mirada se nos juega nuestra creencia sobre la existencia. Lo que hoy es causa de sufrimiento puede también ser la causa de la liberación. En cada ser y acontecer se encuentra la posibilidad del despertar o del sueño, según la mirada, la luz que arrojemos sobre ello.

La hostilidad y las ansiedades infernales nos instan a huir y evadirlas, pero en nuestro encuentro con ellas y en su contemplación nos purificamos al dejar al descubierto su insustancialidad. La materialidad del cuerpo, que nos ata al sufrimiento o a los placeres sensuales, con un cambio de perspectiva, nos eleva al pensar  y a la reflexión que nuestra condición humana posibilita. Nuestros apegos a las fantasmagorías, los deseos por lo ilusorio, pueden ser liberados para que lo único que se conserve sea el deseo por la verdad, la elevación del espíritu.4

Atrevernos a mirar… Mas no con la mirada del sabio sino con la del niño que puede hallar y abrazar al Maestro que se encuentra dentro de sí mismo. Ese Maestro cuya perspectiva podemos y queremos aprender para recordar que el error no es real, y que la muerte no es más que un error perceptual, que, en sí, no es nada. No morimos, sino que vivimos eternamente. Inmortales, porque así lo dispone la Voluntad Una que no se opone a nada y a la que nada puede oponérsele.

J.L.H., para ti y para mí, para todos, porque somos uno y somos eternos. Gracias por recordármelo.

NOTAS

  1. Casi todos los temas de este texto (la perspectiva, la mirada, el maestro interno, la Voluntad, la eternidad) están pensados a través de mi estudio y práctica de Un Curso de Milagros, si bien su tratamiento contiene elementos de otras tradiciones filosóficas o espirituales que han enriquecido mi práctica como estudiante del Curso.
  2. Véase fragmento 29 de Heráclito. Disponible en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
  3. Héraclito, Fragmento 62. Disponible en idem.
  4. Cfr. Mark Epstein, “La Rueda de la Vida: un modelo budista de la mente neurótica”, en Pensamientos sin pensador: Psicoterapia desde una perspectiva Budista, Gaia.

Sobre el método socrático – Filosofía en la Red

El diálogo socrático posee también un aspecto que podríamos calificar de constructivo, en tanto que ese saber que no se sabe, es decir, la conciencia de la propia ignorancia, se convierte en punto de partida para una indagación que “dará a luz” a nuevas ideas.

Si quieres saber más sobre este tema propio de la filosofía de la filosofía, o metafilosofía, te invito a que veas la siguiente reflexión que se publicó en Filosofía en la Red, y que he titulado Por “El camino de la interrogación”

¡Feliz lectura, mentes soñadoras!

Gestión del tiempo: El hombre gris que todos llevamos dentro

Seguramente, estarán de acuerdo conmigo en que Momo, la protagonista de uno de los libros más famosos de Michael Ende, es uno de los personajes más entrañables de la literatura juvenil. Esta pequeña nos ofrece valiosas lecciones en las que no está de más reparar de vez en cuando.  

Hoy me gustaría acudir a esa bella historia que es Momo para reflexionar acerca del tiempo. En esta novela, Momo y sus amigos se ven amenazados por la presencia de los hombres grises, unos misteriosos seres que tienen la capacidad de pasar desapercibidos y que han invadido la ciudad, convenciendo a las personas de que “ahorren su tiempo”, que no lo “pierdan”. Como consecuencia, su vida es cada vez más monótona y desangelada. Los padres y madres ya no tienen tiempo para estar con sus hijos: ya no les cuentan cuentos ni pasean con ellos.

¿Cómo es que Momo y sus amigos se enfrentaran a los hombres grises? Para saberlo tendrás que leer esta preciosa novela de Michael Ende, te aseguro que la vas a disfrutar. Pero antes de que te pongas a ello, continuemos reflexionando acerca del tiempo. ¡Qué tema tan complejo es éste! No obstante, intentemos ser prácticos en nuestro enfoque.

La verdad es que la ciudad embrujada por los hombres grises de la que nos habla Michael Ende retrata muy bien nuestra experiencia cotidiana con el tiempo. ¿Alguna vez has pensado que es mejor trabajar de prisa y dejar de lado todo lo “inútil”? ¿O que es importante hacer el máximo de trabajo en el mínimo de tiempo? Ciertamente, esto nos resulta familiar, de ahí el éxito impresionante de todos los libros, cursos y charlas dedicados a la llamada gestión del tiempo.

La gestión del tiempo posee muchos elementos nada desdeñables: nos habla de la autodisciplina, de aprender a priorizar y a detectar lo que es importante para nosotros. También nos invita a distinguir lo urgente de lo necesario.

Éstos y otros elementos de la gestión del tiempo me parecen estupendos siempre y cuando no deriven, como a veces sucede, en una cultura del exceso, que es cuando creemos que entre más hagamos mejor estamos aprovechando el tiempo. Esta confusión nos ha llevado a un apego malsano a las tareas y al hacer compulsivo lo que se refleja en las denominadas multitareas, que significa hacer de todo al mismo tiempo: responder un mensaje, oír un podcast, limpiar la casa, atender a la familia, etc., etc., etc., todo de forma simultánea.

Es desgastante, y sin embargo muchas personas se sienten orgullosas de ser buenas realizando multitareas. Ian Price, autor de Lo que bien empieza, bien acaba (Paidós), nos habla de cómo existen estudios que muestran que nuestro cerebro NO está diseñado para hacer varias actividades al mismo tiempo; esto sobre todo con tareas cognitivas complejas que requieren cierto grado de atención.

El asumir como dogmas las ideas en torno al rendimiento del tiempo nos conduce a implicarnos en un ritmo frenético que, en vez de aportar calidad y bienestar a nuestras vidas, nos deja exhaustos y bastante alienados y aturdidos.

Por esa razón, el tiempo —visto desde el ámbito de la planificación y la organización— debe tener como enfoque el que podamos sentirnos más serenos, que disfrutemos de nuestras labores y que las llevemos a cabo con una calidad que nos aporte a nosotros y a los demás. La planificación bien entendida puede conducirnos a la sencillez. ¡Y eso es buenísimo! ¿Sabes por qué? Porque en lo sencillo está la plenitud.

No soy para nada una experta en organización. Al contrario, muchas veces he tenido que recurrir a estrategias de profesionales en el tema para poner un poco de orden en mi vida. Por ello, aquí no voy a darte consejos sobre cómo gestionar mejor tu tiempo; es más, si tienes algún tip sobre ello, ¡por favor, házmelo saber!

Mi intención en estos párrafos es simplemente compartirte mi experiencia con este tema, para que no te suceda como a mí y te veas agobiado por la imposibilidad de cumplir a rajatabla con tu planificación y agenda.  Desconfía de todo sistema de organización que quiera mantenerte ocupado todas y cada una de las horas de tu vigilia.

Aunque parezca broma, he escuchado a motivadores promover el dormir menos horas que “tu competencia” para sobresalir en tu campo. ¡Que alguien les hable, por favor, de las funciones reparadoras y vitales del sueño! Por fortuna, la mayoría de métodos de organización que he conocido no apuestan por estas insensateces; es más, te dicen que debes asignar tiempo al ocio y al descanso, pero es difícil que nos tomemos en serio esto si no hemos aprendido a cuestionar lo que nuestro sistema de producción exige de nosotros y de nuestro tiempo. Digamos que en el plano consciente podemos tenerlo claro, pero es un problema cuando nuestras creencias inconscientes están todas a favor de la cultura del exceso.

Cuando experimentamos insatisfacción por toooodo lo que no estamos logrando, por lo poco que hacemos, conviene hacer una pausa —yendo en contra de todos nuestros deseos de hacer más— para interrogarnos acerca de las nociones de efectividad, producción y competitividad que la cantaleta que exalta las virtudes del trabajo nos cuenta. Todo el elogio a la velocidad y al trabajo debe ser contrarrestado con una digna apología de la lentitud y el tedio. ¡Y en realidad hay autores y filósofos que lo han hecho! De la importancia de bajar el ritmo, de darnos pausas y hasta del propósito del tiempo en un sentido más existencial, hablaremos en próximas entradas.

De momento, me gustaría sugerirte unas cuantas preguntas:

  • ¿Cuántas de las tareas que realizas en tu día a día son para ti un fin en sí mismas y no sólo medios para lograr algo más?
  • ¿Por qué crees que procrastinamos? ¿Crees que el acto de procrastinar pueda estar enviándote un mensaje acerca de ti o del trabajo al que estás abocándote?
  • ¿Cuál es la razón de ser de las tareas que ocupan la mayoría de tus días? ¿Cuáles te gustaría descartar y por qué? ¿Qué actividades pondrías en su lugar y que ahora no haces por “falta” de tiempo?
  • ¿Cómo te sientes cuando no logras cumplir con tu agenda?

Hacerme estas y otras preguntas de vez en cuando me ayuda a ser consciente de mi relación con el tiempo y los deberes. A veces, llegas a respuestas que no te gustan, pero eso es bueno, porque así puedes deshacerte de nociones que sólo te están causando intranquilidad. ¿Cuál es tu caso? ¿Será que, inadvertidamente, has pactado con tu propio hombre gris?

¡Hasta la próxima y feliz instante, mentes soñadoras!

Un veneno que cura

No tengo nada,
¡Más que esta tranquilidad!
¡Este frescor!

Kobayashi Issa

La historia de nuestro nacimiento es una mera fábula. Nuestro origen es ajeno a todo tiempo y lugar. Luchar para existir, para ser. ¿Puede haber algo más extraño que eso? La razón que no se ha olvidado de que también es sentimiento se niega a aceptarlo. Si, en última instancia, todo lo que nace y muere carece de sustancia, la lucha por la supervivencia se convierte en la batalla de espejismos.  

El veneno que libremente ingerimos alcanzará su dosis exacta y se volverá sanación. Como no recuerda, Eduardo Monteverde “Los anhelos de curación y las intenciones venenosas son las mismas”. Así, todo depende del deseo, de la intención, de una voluntad que titubea. Entonces, la liberación se atisba, mas no parece duradera. No importa, sanaremos porque se trata de una elección que podemos postergar, pero no evitar.

Y entonces, no habrá más ataque, ni defensas. Ni espadas, ni escudos. El ser y el mundo ilusorios se dejarán de lado, y liberados de esos límites que nosotros mismos nos hemos impuesto, por fin iremos al encuentro de nuestro Ser, que es Uno y de todos.

La irrealidad de la desolación y la penumbra será evidente, y nuestro Universo se llenará de vivencias que de verdad son Vida. Desde nuestro ser espiritual, no habrá más mutismo, nos comunicaremos desde el corazón. Encontramos la fortaleza que creíamos perdida, pero que siempre estuvo ahí.

No negamos el sufrimiento. Lo transmutamos porque, desde el espíritu, todo queda unido: llanto y alegría, bien y mal, falso y verdadero. Ya no somos penitentes ni creemos que para vivir haya que sufrir. El tormento de un vacío que es falta, carencia, cede ante la Presencia que se derrama en esa vacuidad que no duele sino que libera, nos fusiona y nos completa.