Rostro y corazón en la filosofía náhuatl

Ante las posibilidades de comunicación actuales, ¿realmente nos sentimos en contacto con los otros? ¿Por qué la desolación y el aislamiento se ven tan acentuados? ¿Qué retos enfrentamos ante la virtualización de nuestras relaciones? ¿Existe la posibilidad de un verdadero reconocimiento de la otredad en las nuevas circunstancias?

Sobre esto y más hablamos en este episodio de Sueños de Tinta titulado Rostro y corazón en la filosofía náhuatl. Disponible en iVoox y Spotifiy.

¡Saludos y hasta la próxima!

Eternos

Atrevámonos a fijar la mirada en eso que nos hermana a ti y a mí, al resto de los seres y, ¿por qué no?, a lo “inanimado”. ¡Qué extraña me resulta esa palabra! La vida se expresa por doquier. Lo no vivo, la muerte es también un tema de perspectiva.

Atrevámonos a mirar… No más Orfeos desvaneciendo al amor a causa de su mirar. La mirada que destruye al ser amado, a uno mismo o al propio Amor es un mito que funda a Occidente. ¡No mires o te convertirás en una estatua de sal! Perecerás, o al menos desearás haberlo hecho y preferirás arrancarte los ojos antes que volver a mirar. ¡Cuánto temor despierta la mirada! No más Orfeos, no más Edipos, no más mujeres petrificadas.

Miedo al mirar y al pensar que van de la mano. Alabamos la erudición y la intelectualización porque son las grandes maestras de la ocultación. Sin embargo, tememos a la contemplación y al pensamiento vivo por su capacidad de desvelar lo que está ahí, siempre, persistente, calmo, certero.

Atrevámonos a mirar porque lo único que la mirada puede destruir es la ilusión, la mentira, la falsedad. Pero ¿cómo se destruye lo que nunca ha sido hecho? Mejor recurrir a la luminosa metáfora de la Luz (disculparán la redundancia). La mirada ilumina y entonces por fin podemos “distinguir lo falso y lo verdadero, y reemplazar lo falso por lo verdadero” (UCDM, 8, IX).1 Reconocer lo falso como falso y lo verdadero como verdadero. ¡En qué simpleza radica toda la sabiduría a la que nuestra experiencia humana puede aspirar!

No obstante, seguimos en incansable huida de las ministras de la justicia2 que sabrán encontrarnos porque, como dijo Heráclito, “La guerra es común a todos, la lucha es justicia y todo nace y muere por obra de la justicia”.3 Rueda de Diké, Rueda de Samsara… Tantos nombres, una sola conciencia que conoce para conocerse.

Todo es un tema de perspectiva. En la mirada se nos juega nuestra creencia sobre la existencia. Lo que hoy es causa de sufrimiento puede también ser la causa de la liberación. En cada ser y acontecer se encuentra la posibilidad del despertar o del sueño, según la mirada, la luz que arrojemos sobre ello.

La hostilidad y las ansiedades infernales nos instan a huir y evadirlas, pero en nuestro encuentro con ellas y en su contemplación nos purificamos al dejar al descubierto su insustancialidad. La materialidad del cuerpo, que nos ata al sufrimiento o a los placeres sensuales, con un cambio de perspectiva, nos eleva al pensar  y a la reflexión que nuestra condición humana posibilita. Nuestros apegos a las fantasmagorías, los deseos por lo ilusorio, pueden ser liberados para que lo único que se conserve sea el deseo por la verdad, la elevación del espíritu.4

Atrevernos a mirar… Mas no con la mirada del sabio sino con la del niño que puede hallar y abrazar al Maestro que se encuentra dentro de sí mismo. Ese Maestro cuya perspectiva podemos y queremos aprender para recordar que el error no es real, y que la muerte no es más que un error perceptual, que, en sí, no es nada. No morimos, sino que vivimos eternamente. Inmortales, porque así lo dispone la Voluntad Una que no se opone a nada y a la que nada puede oponérsele.

J.L.H., para ti y para mí, para todos, porque somos uno y somos eternos. Gracias por recordármelo.

NOTAS

  1. Casi todos los temas de este texto (la perspectiva, la mirada, el maestro interno, la Voluntad, la eternidad) están pensados a través de mi estudio y práctica de Un Curso de Milagros, si bien su tratamiento contiene elementos de otras tradiciones filosóficas o espirituales que han enriquecido mi práctica como estudiante del Curso.
  2. Véase fragmento 29 de Heráclito. Disponible en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
  3. Héraclito, Fragmento 62. Disponible en idem.
  4. Cfr. Mark Epstein, “La Rueda de la Vida: un modelo budista de la mente neurótica”, en Pensamientos sin pensador: Psicoterapia desde una perspectiva Budista, Gaia.

¿Para qué?, o del propósito

La idea del tiempo lineal, esto es, la creencia de que existe una continuidad entre pasado, presente y futuro, es bastante dudosa. Incluso desde la física, ha sido puesta en entredicho y calificada de ilusoria. Y sobre lo que han dicho los filósofo acerca del tiempo, ni qué decir. El tema daría para muchas páginas.

En esta ocasión, me gustaría abordar el tema centrándome en la teleología. La teleología se refiere a cómo las cosas o los acontecimientos presentes encuentran su razón de ser en su fin o su propósito Me gustaría que reconocieras el interés que puede tener esta perspectiva. Así que, demos un paso atrás para darnos cuenta de cómo solemos explicarnos lo que nos sucede, o bien cómo es que, usualmente, explicamos el ser o naturaleza de las cosas y los seres.

Hagámoslo a través de un ejemplo. Si queremos indagar acerca del ser de este texto podemos dar al menos 4 respuestas: 1)  que su causa soy yo, que lo escribí; 2) que es el orden y disposición de las ideas que se exponen, y que lo hacen ser lo que es distinguiéndolo de cualquier otro texto; 3) que su causa son las palabras que lo conforman, e incluso, si somos más extremista, los píxeles que permiten que lo leas, esto es, los elementos de que está hecho; y 4) que su razón de ser es que alguien, tú, lo leas.

Para dar cuenta de este texto, hemos acudido a la teoría de las cuatro causas de Aristóteles, el más destacado discípulo de Platón nacido en Estagira, antigua ciudad de Macedonia, en el año 384 a. C. Ahondaré más en esta teoría, pero debo advertir que me estoy tomando bastantes libertades al valerme de este aspecto de la filosofía aristotélica, puesto que para este filósofo, el verdadero conocimiento, que da certeza, sólo puede ser de lo universal; en cambio, de lo particular —como es el caso de este texto— siempre puede ser abordado desde infinitas perspectivas, ninguna de las cuales agota por completo la realidad. No obstante, en esta ocasión y hecha la advertencia, me permitiré hablar de esta teoría para pensar sobre cómo los fines están implicados en nuestra experiencia del presente y lo que éste nos ofrece.

Volviendo a nuestro ejemplo, según la teoría aludida, todo proceso implica 4 causas: la material (que en nuestro ejemplo sería las palabras o píxeles, aquello de lo que la cosa está hecha), la formal (en nuestro caso, el ordenamiento de las ideas, el molde o la forma), la eficiente (yo, que lo estoy escribiendo, quien ejecuta o hace) y la final o teleológica (para que tú lo leas, su fin o propósito).

Me interesa que nos centremos en esta última explicación, puesto que se responde a través de la pregunta ¿para qué? Cuando nos cuestionamos acerca de algo que nos está ocurriendo solemos teñir nuestra experiencia presente con elementos del pasado. Esto es, pensamos que una cosas, persona o acontecimiento que previamente existió o tuvo lugar ha sido la causa de esta experiencia que ahora intentamos comprender.

Al preguntarnos por la causa (el porqué) de algo buscamos en el pasado cercano o remoto. Esto es lo más usual y lo hacemos de forma automática. Lo que quiero proponerte no es que descartes esta posibilidad del todo, sino que consideres también la pregunta sobre el para qué, sobre el fin o el propósito. Créeme, a veces un cambio en la perspectiva puede hacer un mundo de diferencia.

Ante las vivencias que consideramos “negativas”, imbuirnos sin más en pensamientos acerca del pasado puede producirnos mucha impotencia y culpa. Nos lamentamos por las malas decisiones tomadas, por la mala suerte que tuvimos, por lo injusta que ha sido la vida con nosotros. Todas estas valoraciones que hacemos sobre lo que nos sucede son arbitrarias. La mala suerte de una persona puede ser la fortuna de otra, no lo olvides, es un tema de perspectiva. Si no te convence esto que digo, te invito a revisar el ejercicio de sustracción mental del que te platiqué en la publicación sobre la gratitud.

He querido proponerte este cambio de perspectiva, este pasar de la atención en el pasado al para qué de algo, porque en lo personal me ha sido de gran utilidad creer que, si se lo permito, cada situación tiene un propósito, un aprendizaje que brindarme. No es fácil aceptar algo así, lo sé. Yo misma me he resistido con frecuencia a este tipo de posiciones.

Me parece que la resistencia principal radica en que, para aceptar que todo tiene un propósito, tenemos que ser capaces de liberar a nuestras experiencias de todo significado que le hayamos dado.1 Debemos reconocer que nuestra perspectiva es demasiado limitada como para que podamos saber lo que verdaderamente es  bueno o malo para nosotros, y más si ese juicio se refiere a otros o al mundo entero.

No estoy hablando de resignación ni de mantenerte dentro de situaciones que hoy te resultan dolorosas porque no sabes cuál es su verdadero significado. Simplemente, estoy hablando de reconocer que no sabes y que, por lo tanto, tus juicios y comportamientos se basan en suposiciones provisorias, que quizás hoy te resultan necesarias y funcionales, o simplemente no cuentas con otras mejores para sustituirlas, así que te vales de ellas. Eso está bien, sólo te pido que no olvides que son ideas que puedes abandonar y resignificar en cualquier momento. Eres más libre de lo que crees, y te aprisionas a ti mismo cuando te aferras al significado que le has dado a tus experiencias centrándote en el pasado.

Creo que a veces nos aferramos a las ideas porque las creemos nuestras, nos hemos identificado con ellas y tememos soltarlas porque lo experimentamos como la pérdida de nuestra identidad. Sin embargo, aunque no lo adviertas, ese significado casi nunca (por no decir nunca) viene de ti. Alguien te enseñó lo que es bueno y malo, alguien te dijo cómo se supone que las cosas deben ser. Alguien, tu familia, tu cultura, tu entorno, te transmitió esas ideas. Eso es inevitable, pero lo importante es examinar por nosotros mismos esas valoraciones. Desafortunadamente, la mayoría sólo hemos aceptado sin cuestionar lo que nos enseñaron. Este texto es, en buena medida, una invitación a incorporar este cuestionamiento en nuestro día a día.

Continuando con nuestro tema, cuando dejamos de poner nuestra atención en el pasado y nos abrimos al propósito de las cosas, nuestras experiencias se convierten en oportunidades y fuentes de aprendizaje, que no nos resultan evidentes cuando nos enfocamos en el pasado. Pero, ahora que hemos liberado nuestro presente del pasado, ¿no será que lo hemos atado al futuro? Dice Eckhart Tolle que la depresión sucede cuando tenemos la mira fija en el pasado, y la ansiedad, cuando la tenemos puesta en el futuro. No es lo que queremos, ¿cierto? Ya te dije al empezar que el tiempo lineal es sólo una ilusión, ¡y esto según la propia ciencia! Independientemente de tu opinión sobre el tema, cuando menos podemos decir que la naturaleza del tiempo sigue siendo un misterio para nuestras mentes.

Considerando esto, te propongo que ahora liberes a la idea del propósito del futuro. Ese ¿para qué? que te pido incorporar al análisis de lo que te sucede no tiene que ver con expectativas, con establecer de antemano cómo deben ser y darse las cosas, o cómo no deberían ser. El propósito florece y se nos revela precisamente cuando dejamos de esperar algo específico de lo que nos rodea. Así, el futuro también se nos va diluyendo y nos va quedando sólo el presente, que, según dicen los sabios, es lo único que hay.

De esto, en algún sentido, también habló Aristóteles, cuando dio al movimiento o cambio una explicación teleológica. Uno de los problemas que presentaba la idea del movimiento a ojos de los griegos es que parecía ser infinito: si todo lo que se mueve necesita de un motor que lo mueva, el movimiento sería infinito, lo que en su entendimiento era imposible. Para solucionar esto, Aristóteles postuló la idea del primer motor, o motor inmóvil (que algunos interpretan con cierta libertad como Dios). Se trata de un recurso lógico por medio del cual se evita el movimiento infinito. El motor inmóvil mueve sin ser movido, ya que, si se moviera, necesitaría de algo más que lo moviera. Y de nuevo tendríamos el problema que Aristóteles intentaba resolver. Para él, lógicamente no hay otra salida.

Es también interesante que Aristóteles identifica a este motor inmóvil con el Sumo Bien, y dice que es el objeto del amor y el deseo. Es télos (fin) de todo movimiento. Gracias a él, existen todas las demás cosas. Es acto puro, “el momento absoluto del mundo”, como diría Julian Marías en su Historia de la filosofía. Ese Bien, culminación de la filosofía aristotélica, es lo que anhelamos, hacia lo que tendemos y que, a la vez, no somos capaces de entender desde nuestra condición limitada, finita, y mucho menos de ponerlo en palabras.

Regresando a ti y a mí, que somos lo mismo, sí, tu deseabas que esa persona tan especial estuviera siempre contigo, ¿pero qué tal si, ahora que se ha ido, te permites descubrir el propósito de esta experienciaLo sé, tú esperabas que tu cuerpo fuera siempre saludable, pero, ahora que sus capacidades han disminuido o cambiado, ¿puedes abrirte a la pregunta del para qué? Sí, tú querías conservar ese gran trabajo por mucho más tiempo, mas ahora que lo has perdido, ¿puedes dejar que esta situación muestre el aprendizaje que tiene para ti? Tienes razón, yo escribí este texto para que tú lo leyeras, pero, más allá de mis expectativas, este proceso, cada una de sus palabras, de sus líneas y de las ideas, tiene un propósito en mi vida que puedo descubrir, si le permito revelarse.

El propósito no es obvio cuando anteponemos nuestros prejuicios, cuando no queremos reconocer nuestra ignorancia y nos aferramos a las viejas ideas y, sobre todo, cuando tenemos la mirada puesta en el pasado y en el futuro, porque el propósito sólo puede conocerse en el presente, en el eterno ahora. Tengo para mí que el propósito es algo universal, compartido, pero que, en nuestra vida humana, sólo podemos experimentarlo y formularlo de formas muy concretas. Y que es un camino que a cada uno nos corresponde recorrerlo, con aparente independencia pero en el fondo hermanados por ese fin al que aspiramos. Hemos de andar este camino con receptividad, es decir, dispuestos a mirar y escuchar más que a hablar y juzgar.

A pesar de su carácter enigmático, o más bien debido a ello, creo que podemos desprendernos de la necesidad de entender de antemano el propósito. Todo se desarrollará como debe ser, sin duda. Hay Dios, o dioses, energías, fuerzas, o como quieras llamarlo —que a mí las discusiones de este tipo me tienen sin cuidado—, que están operando y que, en última instancia y aunque ahora mismo no sea obvio, nos salvan del error.

Quizá lo mejor que podemos hacer es mantener una firme voluntad para desarrollar nuestra interioridad y mente para que seamos capaces de aprender la lección que se nos va brindando de diferentes maneras, una y otra vez, hasta que la aceptemos plenamente. Prepararnos para ello me parece el mejor uso que podemos hacer de nuestra libertad.

Para despedirme, quiero recomendarte un cuento hermoso que puede ser una gran ayuda para cuestionarnos acerca de nuestras ideas preconcebidas. Se titula “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. La primera vez que lo oí fue de boca de una dulce terapeuta con la que acudí durante algunos años y que me enseñó muchísimo. Hace unas semanas, lo escuché de nuevo en una entrevista a Álex Rovira, autor del bestseller La buena suerte, y puedes leerlo directamente en su página dando clic aquí.2 O bien, puedes escucharlo en la versión audio de este ensayo, en mi podcast Sueños de Tinta (Audioensayos), disponible en iVoox y Spotify.

Agradezco que me hayas acompañado en estas líneas.

¡Feliz instante, mentes soñadoras!

NOTAS

  1. Un curso de milagros es una enseñanza espiritual no dualista que me ha servido mucho para entender esto. Es un tema del que se ocupa en las primeras lecciones de su “Libro de Ejercicios”, parte fundamental del entrenamiento mental que el Curso propone.
  2. Si no conoces el trabajo de este autor y conferencista y te interesan los temas del desarrollo personal, te recomiendo revisar su trabajo, que es de excelente calidad.

El compromiso más sagrado

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Ayer, mi persona favorita me dijo “No me gustan los cambios”. “¿Y a quién sí?”, pensé, pero no dije nada, pues no me parecieron palabras adecuadas para ese momento. Incluso los detractores de las rutinas, ante cambios inesperados en su vida, han llegado a experimentar abatimiento, malestar, ansiedad y, en fin, la consecuente pérdida de equilibrio que implica el recordar que, en realidad, siembre andamos sobre arenas movedizas, aunque a veces la vida nos permita olvidarlo por un rato.

¿De qué depende el que algunas personas reaccionemos mejor y otras peor ante los cambios? Muchos dirán que de eso que llamamos personalidad. Tengo mis dudas. Aunque, en general, la personalidad pude tener un importante peso en este sentido, he constatado en mí misma que ésta no es definitoria.

¿Dependerá entonces de la magnitud o naturaleza del cambio? Me parece que tampoco puedo estar de acuerdo: he colapsado ante mínimas modificaciones y me he descubierto vigorizada y valiente ante “grandes” y “dramáticos” cambio, aunque ni yo misma lo habría creído si me lo hubieran contado.

Quizá es momento de introducir en estas divagaciones una precisión: Los cambios son aquellos sucesos que consideramos que tienen lugar afuera de nosotros y el equilibrio es un estado que percibimos como interno.

Lo externo conjuga un sinfín de factores que escapan al control de nuestras individualidades. Es el terreno de la total incertidumbre, y pensándolo así, resulta algo masoquista que nos hayamos enseñado a poner la mira siempre en ese “afuera” y no en el proceso interno o, más precisamente, en la conciencia que somos y que está experimentando ese “afuera”.

Este volcarnos al exterior, tiene como consecuencia la tendencia de vivir en el mañana: tal vez mañana, cuando las cosas cambien, estemos un poco menos tristes, menos desesperados. Ante esas enseñanzas que tienen como centro el afuera y el futuro, es decir, que consiguen que nos evadamos a nosotros mismos de manera magistral, existe una sabiduría ancestral expresada de muchas formas, según la cual la realidad es AHORA y el pasado y el presente no son más que ilusiones. Una sabiduría que nos indica que, en realidad, el afuera y el adentro no son distintos.  

Sin pretender ahondar en un tema tan complejo por simple, pues a nuestra mente le gustan las pseudoverdades  retorcidas, si nos cuidamos de malentender estas enseñanzas, nos daremos cuenta de que no son, como a veces nos gustaría creer, recetas mágicas para atraer lo que siempre hemos deseado (¡y qué suerte!). Estas enseñanzas son siempre una  exhortación a que indaguemos con seriedad el funcionamiento de nuestra mente.

Y al hacer esto, comenzamos a entrever cómo la continua planificación y nuestras expectativas provienen de un apego malsano a lo exterior. O bien, dicho al revés, al mantener la firme creencia de que, cuando las cosas de “afuera” sean como yo quiero, seré feliz, no nos queda más remedio que consagrar nuestros mejores esfuerzos a que lo externo se amolde a nuestras expectativas. Pero, en esos casos, el resultado siempre será dudoso.

Está bien que sepamos qué estamos esperando ante una ola de cambios en nuestra vida y está bien que tomemos acción para que ello se consiga. No obstante, conviene que nos formulemos la siguiente pregunta: “Si el carácter caprichoso de los acontecimientos no me brinda el escenario esperado, ¿podría estar en paz con eso?”. Siendo honestos, muchos contestaríamos que no, y entonces tendríamos que cuestionarnos por qué seguimos poniendo en marcha dinámicas mentales que nos producen sufrimiento, pues cualquier falta de paz ES SUFRIMIENTO.

¿Y si por fin nos comprometemos a dejar de vivir en la inconsciencia y, a fin de cuentas, en el automaltrato? ¿Estamos lo suficientemente hartos de vivir como lo hemos hecho como para establecer un compromiso con nosotros mismos que nos conduzca de vuelta a nuestra realidad, a esa paz en la que nos reconocemos?

Las aguas que conforman el río de nuestra vida podrán moverse todo lo que quieran, pero siempre podemos comprometernos a ver en ello una oportunidad más para conocernos. Viktor E. Frankl, quien supo entender a la perfección que la psicoterapia no puede prescindir de lo espiritual, insistió en la libertad que todos tenemos respecto a dotar de sentido nuestras vidas, y ese sentido, en mi opinión, consiste en recordar la realidad de nuestro Ser.

El compromiso de permitirnos ver en cada nuevo escenario una oportunidad de autoconocimiento ha  de renovarse las veces que sea necesario. Este compromiso, que es el más sagrado que podemos hacer en nuestro paso por la tierra, vale toda perseverancia. La creencia de que podemos fallar no ha de hacer que nos abandonemos a nosotros mismos de nuevo.

Ésta es una libertad —o responsabilidad, su otra cara— que nadie nos puede quitar, pero sí podemos renunciar a ella. De hecho, continuamente lo hacemos, siendo irresponsables con nosotros mismos. Sin embargo, sin culpas y más bien con amor, retomemos el rumbo las veces que sea necesario, pues hemos de hacer prevalecer el compromiso más sagrado.

Encuentro con Nahui Olin

Carmen Mondragón, mejor conocida como Nahui Olin, fue una mujer que desafió las costumbres y la moral de su época y sociedad para ir en pos de la libertad. Fue penada con la marginación social y tachada de ninfómana, prostituta y loca. El severo castigo que la sociedad mexicana hizo caer sobre ella conllevó a la invisibilización de su obra literaria y artística durante varias décadas. Afortunadamente, en los últimos años se ha hecho un enorme esfuerzo por recuperar su trabajo; algo más que merecido.

Tenemos un deber con todas las personas que, como Nahui, han cuestionado los estereotipos y el funcionamiento de la sociedad, pues ellas han superado limitantes y condicionamientos sociales, brindándonos inéditas posibilidades de las que ahora gozamos. Su herencia es invaluable. El esfuerzo de estas sobresalientes personalidades no debe quedar en el olvido ni menospreciarse, y por ello he decidido hacer estos Encuentros con… , que, en esta ocasión, te invitan a conocer la vida y obra de Nahui Olin.

Además de ser una artista plástica, Nahui fue autora de numerosos escritos en prosa y verso, en español y francés, que poseen un incuestionable valor literario y filosófico. Sabemos de textos que escribió cuando contaba con apenas ¡10 años de edad! Esto es, sin duda, una prueba de su vocación literaria. He aquí un fragmento de los escritos de aquella primera época como escritora:

Ahora que siento que sufro y soy sensible a todo, tengo sed de todo lo que es bello, grande y cautivador. Con un ardor extremado, una ilusión loca de juventud y de vida: quiero hacer vibrar mi cuerpo, mi espíritu hasta sus últimos sonidos…

Notamos de inmediato la expresión de una potente e inusual inteligencia que, en sus escritos, continuamente manifiesta su sentir ante lo infinito y la totalidad, pero también ante el amor y la tristeza. A cada uno de estos temas, la autora les otoroga un tratamiento filosófico de profundo calado.   

En sus relaciones amorosas, la trasgresión no dejó de estar presente, y cabe destacar que, pese a la intensidad de sus emociones, nunca aceptó ni el machismo ni la megalomanía de personalidades importantes de su tiempo con las que se involucró.

Tampoco se conformó con el papel de esposa que la sociedad tenía asignado para ella. Así, aun cuando contrajo matrimonio siendo muy joven, dio por finalizada esa relación para buscar nuevas experiencias que alimentaran su alma. Esto sin importar lo mal que podía verse el que una mujer abandonara a su esposo en aquel tiempo.

El final de sus días estuvo marcado por la pobreza y la exclusión social, desafortunadamente un hecho frecuente en todas aquellas personas que, en su anhelo de ser, optan por romper los moldes y roles sociales. Una personalidad como la de Nahui, cuya vida está atravesada por un enorme talento, por la pasión, la vulnerabilidad, la oscuridad, la rebeldía o bien es causa de una profunda admiración o de un firme rechazo, pero jamás de la indiferencia.

Ya que este espacio está dedicado a las palabras, me limito a invitarlos a que conozcan más sobre las pinturas de esta polifacética mujer. Me despido, pues, recordado algo de su prosa, en la que, de una manera tan conmovedora como cautivadora, Nahui nos dejó constancia de sus reflexiones acerca de temas como la existencia, la muerte, la creación, el sufrimiento, el amor, los celos, la decepción, la totalidad, el espíritu, la condición femenina, por mencionar sólo algunos.

SOBRE MI LÁPIDA (fragmento)

Independiente fui, para no permitir pudrirme sin renovarme; hoy, independiente, pudriéndome me renuevo para vivir.— Los gusanos no me darán fin—son los grotescos destructores de materia sin savia, y vida dan, con devorar lo ya podrido del último despojo de mi renovación.—Y la madre tierra me parirá, y naceré de nuevo, de nuevo ya para no morir…

Si deseas conocer más de la vida y obra de Carmen Mondragón, Nahui Olin —y en verdad espero que así sea—, te recomiendo los siguientes libros:

  • La compilación a cargo de Patricia Rosas Lopátegui, Nahui Olin: Sin principio ni fin. Vida, obra y varia invención (UANL, 2011), una investigación rigurosa que reconstruye la vida de Carmen Mondragón. El libro ofrece una completa recopilación de su obra y de numerosos artículos y ensayos sobre ella escritos por Elena Poniatowska, Raquel Tibol, José Emilio Pacheco, entre otros.
  • También puedes revisar a Adriana Malvido, Nahui Olin. La mujer del sol, Océano, 2017.

Si te apetece, cuéntame en los comentarios qué sabes acerca de esta mujer excepcional y si, como a mí, te gusta su trabajo. Toda opinión es bienvenida. También déjame sugerencias sobre otras personalidades que han transformado nuestro mundo y con las que te gustaría que hiciéramos un encuentro.

¡Felices lecturas, prrr…!

Manipulados para amar

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Llevemos algo del neuromarketing al ámbito de las relaciones sociales para ver cómo éste no sólo nos vuelve dóciles consumidores de productos sino también de proyectos de vida completos, pues no es casualidad que tantas personas creamos, consciente o inconscientemente, que una vida plena incluye el vínculo de pareja (preferentemente, el heterosexual).

Ciertamente, la química del amor existe. Cuando sentimos atracción por alguien, nuestro cerebro se revoluciona y se convierte en una gran celebración con fuegos artificiales conocidos como dopamina, norepinefrina y serotonina.

A partir de ese momento, nuestro comportamiento se parece mucho al de un adicto: alteraciones en el sueño y el apetito, pensamientos recurrentes acerca del ser amado, distracciones y una especie de síndrome de abstinencia cuando él o ella no está.

Por suerte, físicamente esto no dura demasiado. Sin embargo, no por ello dejamos de mostrar comportamientos compulsivos dentro de nuestras relaciones. Por ejemplo, al aferrarnos a vínculos que no están resultando sanos para nosotros.

Para poder superar una adicción debes reconocerte como un adicto, ¿cierto? Para dejar de ser un zombie del amor, debemos reconocernos como uno de ellos, y por eso a continuación dejo unas pinceladas acerca del neuromarketing y cómo puede utilizarse para vendernos el “felices por siempre”.

Zombis del amor

¿Te suena el nombre de Martin Lindstrom? Se trata de un experto del neuromarketing que ha aumentado considerablemente las arcas de marcas mundialmente conocidas gracias a sus campañas publicitarias.

En 2011, Lindstrom publicó Así se manipula al consumidor (Planeta). Mi encuentro con este libro me dejo una clara idea de lo perjudicial que es la conjunción de la tecnología, la ciencia y la falta de ética. El autor explica las principales tácticas de venta de las grandes marcas. Sin embargo, lo que quiero exponer es cómo estas estrategias también están presentes en la promoción del mejor mal acompañados que solos, ¿o cómo era?

De los canales por medio de los cuales recibimos el mensaje de que la pareja ha de ser parte de un proyecto de vida hecho y derecho, las redes sociales ocupan un lugar importante. Las figuras públicas o influencers se muestran sin reservas deleitándose en las mieles del amor. Acto seguido nuestro cerebro nos grita: “Yo también quieroooo”.

Además, las redes sociales tienen su propia versión de la clásica técnica del “boca a boca”. Cualquier usuario puede fomentar el deseo de emparejarse, como si de Arca de Noé se tratara, cuando compartimos cada detalle de lo maravilloso que es estar con nuestra pareja.  ¿Quién no ha dejado escapar uno que otro suspiro al ver a unos tortolitos en Instagram? Tengo la sospecha de que la profundidad del suspiro está estrechamente relacionada con lo lejos que nos sentimos de satisfacer el ideal.

Sin embargo, pasemos de mis sospechas a un par de datos validados que ofrece Martin Lindstrom en Así se manipula…, e intentemos pensar con ellos la forma en que la aspiración al “nosotros” se ha implantado en nuestros cerebros.

Como nos enseña Lindstrom, los cerebros en desarrollo son deliciosamente moldeables:

Empresas de todo tipo saben perfectamente que los anuncios determinan las preferencias duraderas de los niños a una edad muy temprana.

Por esta razón, la publicidad se dirige no sólo a los adultos con capacidad adquisitiva sino también a los y las niñas. Es muy simple: están fabricando hoy al consumidor de mañana. Muy astuto, ¿verdad?

Llevándolo a nuestro tema, resultan preocupantes los limitado avances en cuanto a la representación de la diversidad de los vínculos amorosos. Pese a los esfuerzos, los resultados son pobres: nuestras niñas y niños siguen recibiendo primordialmente el mensaje de que establecer una pareja convencional y heterosexual es lo más deseable y que, tarde o temprano, habrá que cumplir con ese mandato si queremos ser personas plenas y felices.

Nuestro sueño de una sociedad diversa requiere que hoy mismo empecemos a transmitir el mensaje —sobre todo a través de la visibilización y la representación en medios creativos, cuyo impacto está más que probado— de que ningún modelo relacional es por sí mismo bueno, sino que son muchas las posibilidades y que lo importante es que los vínculos se basen en principios como el respeto, la no violencia y la libertad.

Por otro lado, como buen manipulador, el neuromarketing sabe aprovechar nuestros miedos más primitivos para su beneficio:

Los anunciantes explotan los miedos a nuestros peores yoes y activan inseguridades que incluso nosotros ignorábamos.

La soledad es uno de los miedos más explotados por el marketing del amor. Se asocia el vivir en pareja con sentirnos acompañados y apoyados. Aun cuando la mayoría sabemos por experiencia que la pareja no es un mágico antídoto contra la soledad, caemos una y otra vez en la trampa de embarcarnos en un nuevo intento amoroso para mitigar nuestra sensación de soledad, muchas veces causada, precisamente, por una ruptura amorosa. Irracional, ¿no? Es el clásico “un clavo saca a otro clavo” y es un buen ejemplo de por qué nunca debemos subestimar al inconsciente.

Te aseguro que estos dos ejemplos no son los únicos de cómo los fundamentos del neuromarketing trabajan para vendernos una idea de lo que debe ser el amor. El modelo típico de pareja puede ser una opción válida. El problema es que no lo estamos experimentando así, como una opción entre otras igualmente válidas.

Más que hablar en contra de este modelo he querido mostrar los peligros de volvernos pasivos respecto a los motivadores para actuar. Si no queremos ser víctimas del lavado del cerebro del que nos habla Martin Lindstrom, empecemos por entender cómo se lleva a cabo este lavado y usemos ese conocimiento a nuestro favor; con ello, sin duda ganaremos poder y libertad en el amor y en todos los ámbitos de nuestra vida.

¡Felices lecturas, prrr…!

Los 36 libros que han marcado mi vida

Hoy, en mi cumpleaños número 36, he seleccionado los 36 escritos que más han influido en mi vida. No todos son propiamente libros. Algunos son cuentos, poemas o ensayos.

Las razones de mi elección son heterogéneas. Evidentemente, la mayoría están en la lista por su contenido y por cómo éste amplió mi perspectiva sobre el mundo. Algunos están incluidos por el rumbo que dieron a mi vida, y otros, porque representan vínculos personales. De ciertos títulos no sabría decir con exactitud por qué están incluidos, quizá por un poco de todo lo anterior.

Respecto al orden, me he decidido por el cronológico… aproximadamente. Han pasado tantos años desde que algunos de ellos estuvieron entre mis manos que no podría determinar con precisión su tiempo. Y aunque la memoria no es de fiar, aquí vamos…

  1. Matías y el pastel de fresas de José Palomo. (El primer libro que recuerdo que tuve entre las  manos).
  2. La niña menor. (El nombre del autor escapa a mi memoria. Muchas veces lo he buscado y nunca he dado con él. Me encantaría tener un ejemplar porque fue el primer libro de “grandes” —o sea, con muchas páginas– que leí y con el que descubrí que amaba la lectura.
  3. La Biblia.
  4. El diario de Ana Frank.
  5. Marianela de Benito Pérez Galdós. (Significó el 10 más fácil de mi vida académica para la asignatura de Español, además de que me hizo llorar a mares).
  6. Momo de Michael Ende. (Me hizo famosa en la escuela por “leer rápido” y muchos de mis compañeros me llamaron como la protagonista el resto de la secundaria).
  7. Los amorosos de Jaime Sabines.
  8. Las mil y una noches. (Con uno de sus cuentos maravillosos tuve mi breve incursión en el mundo de los cuentacuentos).
  9. Romeo y Julieta. (William Shakespeare no podía faltar en esta lista).
  10. Tragedias de Sófocles.
  11. El mundo de Sofía de Jostein Gaarder. (Mi encuentro con este libro se resume en un “Oh, así que de esto va la filosofía!”. Unos pocos años después iniciaba mis estudios en la licenciatura de Filosofía de la UNAM).
  12. El existencialismo es un humanismo de Jean-Paul Sartre.
  13. Niebla de Miguel de Unamuno.
  14. El hombre en busca del sentido de Viktor E. Frankl. (Más de una vez me ha devuelto la cordura, hasta donde eso es posible en mí).
  15. Los hermanos Karamázov  de Fiódor Dostoievski.
  16. Apología de Sócrates de Platón.
  17. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero de Oliver Sacks. (Entendí que temas fundamentales de la filosofía —la identidad, el conocimiento, la ética– nunca más se podrían pensar como antes debido al brutal despegue de la neurociencia).
  18. El pez de la cabeza dorada de Pilar Obon.
  19. Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
  20. El arte de amar de Erich Fromm.
  21. Un cuarto propio de Virginia Woolf.
  22. El libro y sus orillas de Roberto Zavala. 
  23. Discurso sobre el origen y los fundamentes de la desigualdad entre los hombres de Jean-Jacques Rousseau.
  24. La filosofía de Alicia en el País de las Maravillas de Richard Brian Davis (coord.).
  25. Poética de Aristóteles.
  26. El malestar en la cultura de Sigmund Freud.
  27. El fruto de la nada de Maestro Eckhart.
  28. Filosofía y poesía de María Zambrano.
  29. La ruina de Kasch de Roberto Calasso.
  30. Frankenstein, o el moderno Prometeo de Mary Shelley
  31. Teoría King Kong de Virginie Despentes.
  32. Teoría de la mujer enferma de Johanna Hedva.
  33.  La anatomía de una enfermedad. O la voluntad de vivir de Norman Cousins. (Cambió mi perspectiva acerca de las enfermedades físicas. Cuando lo leí, Norman me estaba preparando mentalmente, sin yo saberlo, para un inesperado episodio en mi salud que tendría lugar apenas una semana después. Toda la calma que pude reunir en ese momento se la debo a ese libro).
  34. Cuando fumar era un placer de Cristina Peri Rossi (Con ese libro conocí a Cristina. Luego me deleitaría con su poesía. Además, me dio argumentos profundos y divertidos para defender mi indefendible vicio todo el tiempo que fui fumadora).
  35. El poder del ahora de Eckhart Tolle.
  36. Un curso de milagros (Nada real puede ser amenazado. / Nada irreal existe. / En esto radica la paz de Dios).

Releo la lista y de inmediato pienso “Me faltó éste. Debí incluir aquél”. Me resigno a que nunca llegaré a la lista perfecta. Mi selección ha pretendido ser poco razonada y más espontánea. Noto un vergonzoso sesgo androcéntrico y pienso que vendrán tiempos en los que el inconsciente colectivo borrará la creencia de que los buenos autores son hombres y las mujeres, con suerte, buenas lectoras.

Más allá de los títulos, en muchos sentidos, mi ENCUENTRO con la lectura ha moldeado mi vida de maneras insospechadas para la niña que pedía a su madre que OTRA VEZ le leyera Matías y el pastel de fresas y que experimentaba sentimientos imposibles de expresar ante las historias de Abraham e Isaac, Moisés, Daniel, David y Salomón. Esa niña para quien el Cantar de los canteras era ininteligible y que siempre prefirió el Evangelio de Lucas porque contaba la vida de Jesús “muy bonito”.

Y aquí estoy 36 años después y con muchos libros de por medio separándome de aquella niña que por primera vez sostuvo un libro en sus manos.

Para ti ¿qué libro no podría faltar en tu top 10, 30 o 100 de libros que marcaron tu vida? ¿Hemos coincidido  en alguno? ¿No? Bueno, hemos coincidido en este espacio y eso ya es bastante.

¡Feliz cumpleaños a mí y feliz instante para ti, mente soñadora! ¡Prrr…!

El perfeccionismo NO detona tu mejor versión

El miedo sólo está proyectado en el futuro, pero lo vivo anticipadamente en el presente, así que el miedo no se basa en el presente sino en el pasado con vistas a futuro. Alguien que vive PRESENTE difícilmente sentirá miedo.

Juan Emilio Cornejo

Me encontré con el libro Transmutación cuántica, Detona la mejor versión de ti, escrito por Juan Emilio Cornejo Durán. Se trata de un libro breve, con poco menos de cien páginas, de una redacción sumamente ligera y concreta. Si bien un vistazo del contenido me hizo considerar que leerlo podría ser una buena inversión de tiempo, he de confesar que fue la inusual franqueza con que el autor se presenta desde la Introducción la que logró que me decidiera por esta lectura.

De todas las consideraciones que este libro ofrece, hubo una que consiguió mantenerme inmersa en sus páginas: cómo superar el miedo al fracaso. Dicen que no existen las casualidades. Yo lo creo así, y es un hecho que el libro de Juan Emilio se me apareció en un momento en el que mi deseo de «eliminar el margen de error» y «evitar equivocarme a toda costa» estaba paralizándome y llenándome la cabeza de pensamientos catastróficos.

El perfeccionismo posee un lado oscuro y limitante con el que estoy muuy familiarizada. Podría hacer una larga lista de metas abandonadas o de vivencias a las que he renunciado porque tuve miedo a fallar, a no tener control sobre todos y cada uno de los detalles y, en especial, porque sentí temor del juicio de otros.

Un ejemplo. Siendo muy joven, trabajé un breve período como colaboradora en una revista. Yo debía apoyar a los autores en la escritura de sus artículos, resolviendo asuntos técnicos. Un buen día, recibí la invitación para escribir mi propio ensayo. Sí, me sentí entusiasmada con la idea… Pero el entusiasmo apenas duró unos minutos. El pánico me invadió. ¿Podía hacer algo así?, ¿qué pasaría si lo que escribía era un sinsentido?, ¿qué pensarían las personas que estaban confiando en mí cuando vieran que era una incompetente? Definitivamente, no quería defraudarlas.

Como podrás imaginarte, nunca escribí aquel ensayo. De hecho, me inventé un pretexto y dejé de colaborar en aquella revista. No importaba la oportunidad perdida ni renunciar a un trabajo que me agradaba, yo sólo quería sentirme segura. Me gustaría decir que aquello nunca volvió a pasar, pero mentiría.

El juicio de los otros que, en realidad –como nos recuerda Juan Emilio—, no es sino un reflejo de los juicios que yo hago de mí, así como del concepto que tengo de mi persona, ha sido tan agobiante y persistente que, cada tanto, el fantasma del perfeccionismo se manifiesta en mi vida. Sin embargo, el paso del tiempo, un cúmulo de experiencias y procesos, así como otros recursos en formar de libros, conferencias e incluso charlas con amistades, me han dado fortaleza para acallar esa voz que me dice «Te vas a equivocar. Todo va a salir mal».

Y es justo en ese punto donde conecté profundamente con Trasmutación cuántica de Juan Emilio. Agradezco la forma tan clara y directa en que él ha sabido transmitirme, justo cuando lo necesitaba, que puedo elegir aceptar no ser perfecta y que, en cierto nivel, tengo mucho que aprender y que, para ello, es preciso tomar acción, ser perseverante y, sobre todo, ¡atreverme a salir de la zona de confort y enfrentar mis fantasmas!

Juan Emilio me ayudó a recordar el papel que desempeña la perspectiva en mi experiencia de la “realidad” y me invitó a ver al miedo no como mi “enemigo” sino como una señal automática, inherente a mi condición humana, de que estoy tomando riesgo y lanzándome fuera de mi cotidianidad. Me hizo acordarme de la libertad que se experimenta al asumir la responsabilidad y el compromiso totales y lo agobiante que es enfocarme en mis determinantes.

Si resuenas con algo de esto, es posible que Trasmutación cuántica, Detona la mejor versión de ti te haga pasar un buen rato como a mí y que encuentres entre sus páginas la posibilidad de adquirir un enfoque que te permita trascender alguna situación con la que ahora mismo estés lidiando.

El autor nos comparte una estrategia que, como nos cuenta, ha probado en sí mismo y en sus clientes para conseguir el máximo del potencial de las personas. Para quienes se inician en este tipo de lecturas, este libro puede resultar una excelente introducción ya que incluye algunos de los temas centrales del desarrollo personal de los últimos años, además de recoger las propias aportaciones y perspectiva del autor, quien comparte su experiencia para llevar a cabo lo que ha asumido como su propósito de vida «Que todos sean más felices y aumenten sus ingresos».

Creo que lo que en este mundo llamamos felicidad adquiere múltiples formas, y en ese sentido las ideas que se exponen en este libro tienen un campo de aplicabilidad que va más allá del trabajo o los ingresos. Así pues, si son otros los ámbitos que ahora mismo te tienen un poco «estancado», esta lectura también podría resultarte de interés. Al final, es sólo cuestión de enfoque, y la actitud y motivación que Juan Emilio puede trasmitir a sus lectores es fundamental para trabajar en cualquier meta o proyecto, sin importar cuál sea su naturaleza.

Las numerosas y variadas idea de Juan Emilio Cornejo están siempre dirigidas a construir una mejor versión de sus lectores. Y es interesante ver cómo temas recurrentes en el campo del desarrollo personal son presentados aquí con un sencillez que, al final, se vuelve potencia. Ni el lenguaje pretensioso ni la argumentación intrincada tienen aquí cabida. Y, quizá debido a ello, este libro es capaz de aportar valor a quien esté dispuesto a recibirlo.

  • ¿Eres conscientes de tu diálogo interno y de su influencia en tu vida?
  • ¿Eres capaz de distanciarte de las voces que te desacreditan y limitan y de amplificar aquellas que te empoderan?
  • ¿Te vives como una persona auténtica?
  • Más importante, ¿te gustaría adquirir herramientas para erradicar las creencias nocivas y limitantes y cambiar tu chip mental por uno que contribuya a tu bienestar?
  • ¿Sabes qué es el proceso de trasmutación cuántica?

A través de ejemplos, analogías, prácticas y experiencias (tanto del autor como de sus clientes), el lector de Transmutación cuántica, Detona la mejor versión de ti encontrará las respuestas de Juan Emilio a éstas y otras interrogantes. A quien quiera entender más sobre estos tema, le recomiendo que incluya este libro en su lista de lecturas.  

Si te decides por este libro y te pasa como a mí, es probable que te sentirás con la energía a tope y con la seguridad para lanzarte a dar los primeros pasos en el camino por conseguir un objetivo que quizás has anhelado y que no te habías decidido a buscar hasta ahora. Y es que Juan Emilio es un ejemplo de lo que él llama ENERGÍA ALTA y de cómo ésta, inevitablemente, se propaga a los que nos rodean, a nuestro entorno o —como en este caso— a quienes nos leen.

En un momento en el que estamos experimentando una fuerte cadena de «contagios» de intensas emociones, la presencia de seres que nos brindan una sonrisa en forma de palabras, «vacunándonos» contra la tristeza y la impotencia, es más que bienvenida.

¡Feliz lectura, mentes soñadoras!