Un veneno que cura

No tengo nada,
¡Más que esta tranquilidad!
¡Este frescor!

Kobayashi Issa

La historia de nuestro nacimiento es una mera fábula. Nuestro origen es ajeno a todo tiempo y lugar. Luchar para existir, para ser. ¿Puede haber algo más extraño que eso? La razón que no se ha olvidado de que también es sentimiento se niega a aceptarlo. Si, en última instancia, todo lo que nace y muere carece de sustancia, la lucha por la supervivencia se convierte en la batalla de espejismos.  

El veneno que libremente ingerimos alcanzará su dosis exacta y se volverá sanación. Como no recuerda, Eduardo Monteverde “Los anhelos de curación y las intenciones venenosas son las mismas”. Así, todo depende del deseo, de la intención, de una voluntad que titubea. Entonces, la liberación se atisba, mas no parece duradera. No importa, sanaremos porque se trata de una elección que podemos postergar, pero no evitar.

Y entonces, no habrá más ataque, ni defensas. Ni espadas, ni escudos. El ser y el mundo ilusorios se dejarán de lado, y liberados de esos límites que nosotros mismos nos hemos impuesto, por fin iremos al encuentro de nuestro Ser, que es Uno y de todos.

La irrealidad de la desolación y la penumbra será evidente, y nuestro Universo se llenará de vivencias que de verdad son Vida. Desde nuestro ser espiritual, no habrá más mutismo, nos comunicaremos desde el corazón. Encontramos la fortaleza que creíamos perdida, pero que siempre estuvo ahí.

No negamos el sufrimiento. Lo transmutamos porque, desde el espíritu, todo queda unido: llanto y alegría, bien y mal, falso y verdadero. Ya no somos penitentes ni creemos que para vivir haya que sufrir. El tormento de un vacío que es falta, carencia, cede ante la Presencia que se derrama en esa vacuidad que no duele sino que libera, nos fusiona y nos completa.  

El compromiso más sagrado

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Ayer, mi persona favorita me dijo “No me gustan los cambios”. “¿Y a quién sí?”, pensé, pero no dije nada, pues no me parecieron palabras adecuadas para ese momento. Incluso los detractores de las rutinas, ante cambios inesperados en su vida, han llegado a experimentar abatimiento, malestar, ansiedad y, en fin, la consecuente pérdida de equilibrio que implica el recordar que, en realidad, siembre andamos sobre arenas movedizas, aunque a veces la vida nos permita olvidarlo por un rato.

¿De qué depende el que algunas personas reaccionemos mejor y otras peor ante los cambios? Muchos dirán que de eso que llamamos personalidad. Tengo mis dudas. Aunque, en general, la personalidad pude tener un importante peso en este sentido, he constatado en mí misma que ésta no es definitoria.

¿Dependerá entonces de la magnitud o naturaleza del cambio? Me parece que tampoco puedo estar de acuerdo: he colapsado ante mínimas modificaciones y me he descubierto vigorizada y valiente ante “grandes” y “dramáticos” cambio, aunque ni yo misma lo habría creído si me lo hubieran contado.

Quizá es momento de introducir en estas divagaciones una precisión: Los cambios son aquellos sucesos que consideramos que tienen lugar afuera de nosotros y el equilibrio es un estado que percibimos como interno.

Lo externo conjuga un sinfín de factores que escapan al control de nuestras individualidades. Es el terreno de la total incertidumbre, y pensándolo así, resulta algo masoquista que nos hayamos enseñado a poner la mira siempre en ese “afuera” y no en el proceso interno o, más precisamente, en la conciencia que somos y que está experimentando ese “afuera”.

Este volcarnos al exterior, tiene como consecuencia la tendencia de vivir en el mañana: tal vez mañana, cuando las cosas cambien, estemos un poco menos tristes, menos desesperados. Ante esas enseñanzas que tienen como centro el afuera y el futuro, es decir, que consiguen que nos evadamos a nosotros mismos de manera magistral, existe una sabiduría ancestral expresada de muchas formas, según la cual la realidad es AHORA y el pasado y el presente no son más que ilusiones. Una sabiduría que nos indica que, en realidad, el afuera y el adentro no son distintos.  

Sin pretender ahondar en un tema tan complejo por simple, pues a nuestra mente le gustan las pseudoverdades  retorcidas, si nos cuidamos de malentender estas enseñanzas, nos daremos cuenta de que no son, como a veces nos gustaría creer, recetas mágicas para atraer lo que siempre hemos deseado (¡y qué suerte!). Estas enseñanzas son siempre una  exhortación a que indaguemos con seriedad el funcionamiento de nuestra mente.

Y al hacer esto, comenzamos a entrever cómo la continua planificación y nuestras expectativas provienen de un apego malsano a lo exterior. O bien, dicho al revés, al mantener la firme creencia de que, cuando las cosas de “afuera” sean como yo quiero, seré feliz, no nos queda más remedio que consagrar nuestros mejores esfuerzos a que lo externo se amolde a nuestras expectativas. Pero, en esos casos, el resultado siempre será dudoso.

Está bien que sepamos qué estamos esperando ante una ola de cambios en nuestra vida y está bien que tomemos acción para que ello se consiga. No obstante, conviene que nos formulemos la siguiente pregunta: “Si el carácter caprichoso de los acontecimientos no me brinda el escenario esperado, ¿podría estar en paz con eso?”. Siendo honestos, muchos contestaríamos que no, y entonces tendríamos que cuestionarnos por qué seguimos poniendo en marcha dinámicas mentales que nos producen sufrimiento, pues cualquier falta de paz ES SUFRIMIENTO.

¿Y si por fin nos comprometemos a dejar de vivir en la inconsciencia y, a fin de cuentas, en el automaltrato? ¿Estamos lo suficientemente hartos de vivir como lo hemos hecho como para establecer un compromiso con nosotros mismos que nos conduzca de vuelta a nuestra realidad, a esa paz en la que nos reconocemos?

Las aguas que conforman el río de nuestra vida podrán moverse todo lo que quieran, pero siempre podemos comprometernos a ver en ello una oportunidad más para conocernos. Viktor E. Frankl, quien supo entender a la perfección que la psicoterapia no puede prescindir de lo espiritual, insistió en la libertad que todos tenemos respecto a dotar de sentido nuestras vidas, y ese sentido, en mi opinión, consiste en recordar la realidad de nuestro Ser.

El compromiso de permitirnos ver en cada nuevo escenario una oportunidad de autoconocimiento ha  de renovarse las veces que sea necesario. Este compromiso, que es el más sagrado que podemos hacer en nuestro paso por la tierra, vale toda perseverancia. La creencia de que podemos fallar no ha de hacer que nos abandonemos a nosotros mismos de nuevo.

Ésta es una libertad —o responsabilidad, su otra cara— que nadie nos puede quitar, pero sí podemos renunciar a ella. De hecho, continuamente lo hacemos, siendo irresponsables con nosotros mismos. Sin embargo, sin culpas y más bien con amor, retomemos el rumbo las veces que sea necesario, pues hemos de hacer prevalecer el compromiso más sagrado.

El perfeccionismo NO detona tu mejor versión

El miedo sólo está proyectado en el futuro, pero lo vivo anticipadamente en el presente, así que el miedo no se basa en el presente sino en el pasado con vistas a futuro. Alguien que vive PRESENTE difícilmente sentirá miedo.

Juan Emilio Cornejo

Me encontré con el libro Transmutación cuántica, Detona la mejor versión de ti, escrito por Juan Emilio Cornejo Durán. Se trata de un libro breve, con poco menos de cien páginas, de una redacción sumamente ligera y concreta. Si bien un vistazo del contenido me hizo considerar que leerlo podría ser una buena inversión de tiempo, he de confesar que fue la inusual franqueza con que el autor se presenta desde la Introducción la que logró que me decidiera por esta lectura.

De todas las consideraciones que este libro ofrece, hubo una que consiguió mantenerme inmersa en sus páginas: cómo superar el miedo al fracaso. Dicen que no existen las casualidades. Yo lo creo así, y es un hecho que el libro de Juan Emilio se me apareció en un momento en el que mi deseo de «eliminar el margen de error» y «evitar equivocarme a toda costa» estaba paralizándome y llenándome la cabeza de pensamientos catastróficos.

El perfeccionismo posee un lado oscuro y limitante con el que estoy muuy familiarizada. Podría hacer una larga lista de metas abandonadas o de vivencias a las que he renunciado porque tuve miedo a fallar, a no tener control sobre todos y cada uno de los detalles y, en especial, porque sentí temor del juicio de otros.

Un ejemplo. Siendo muy joven, trabajé un breve período como colaboradora en una revista. Yo debía apoyar a los autores en la escritura de sus artículos, resolviendo asuntos técnicos. Un buen día, recibí la invitación para escribir mi propio ensayo. Sí, me sentí entusiasmada con la idea… Pero el entusiasmo apenas duró unos minutos. El pánico me invadió. ¿Podía hacer algo así?, ¿qué pasaría si lo que escribía era un sinsentido?, ¿qué pensarían las personas que estaban confiando en mí cuando vieran que era una incompetente? Definitivamente, no quería defraudarlas.

Como podrás imaginarte, nunca escribí aquel ensayo. De hecho, me inventé un pretexto y dejé de colaborar en aquella revista. No importaba la oportunidad perdida ni renunciar a un trabajo que me agradaba, yo sólo quería sentirme segura. Me gustaría decir que aquello nunca volvió a pasar, pero mentiría.

El juicio de los otros que, en realidad –como nos recuerda Juan Emilio—, no es sino un reflejo de los juicios que yo hago de mí, así como del concepto que tengo de mi persona, ha sido tan agobiante y persistente que, cada tanto, el fantasma del perfeccionismo se manifiesta en mi vida. Sin embargo, el paso del tiempo, un cúmulo de experiencias y procesos, así como otros recursos en formar de libros, conferencias e incluso charlas con amistades, me han dado fortaleza para acallar esa voz que me dice «Te vas a equivocar. Todo va a salir mal».

Y es justo en ese punto donde conecté profundamente con Trasmutación cuántica de Juan Emilio. Agradezco la forma tan clara y directa en que él ha sabido transmitirme, justo cuando lo necesitaba, que puedo elegir aceptar no ser perfecta y que, en cierto nivel, tengo mucho que aprender y que, para ello, es preciso tomar acción, ser perseverante y, sobre todo, ¡atreverme a salir de la zona de confort y enfrentar mis fantasmas!

Juan Emilio me ayudó a recordar el papel que desempeña la perspectiva en mi experiencia de la “realidad” y me invitó a ver al miedo no como mi “enemigo” sino como una señal automática, inherente a mi condición humana, de que estoy tomando riesgo y lanzándome fuera de mi cotidianidad. Me hizo acordarme de la libertad que se experimenta al asumir la responsabilidad y el compromiso totales y lo agobiante que es enfocarme en mis determinantes.

Si resuenas con algo de esto, es posible que Trasmutación cuántica, Detona la mejor versión de ti te haga pasar un buen rato como a mí y que encuentres entre sus páginas la posibilidad de adquirir un enfoque que te permita trascender alguna situación con la que ahora mismo estés lidiando.

El autor nos comparte una estrategia que, como nos cuenta, ha probado en sí mismo y en sus clientes para conseguir el máximo del potencial de las personas. Para quienes se inician en este tipo de lecturas, este libro puede resultar una excelente introducción ya que incluye algunos de los temas centrales del desarrollo personal de los últimos años, además de recoger las propias aportaciones y perspectiva del autor, quien comparte su experiencia para llevar a cabo lo que ha asumido como su propósito de vida «Que todos sean más felices y aumenten sus ingresos».

Creo que lo que en este mundo llamamos felicidad adquiere múltiples formas, y en ese sentido las ideas que se exponen en este libro tienen un campo de aplicabilidad que va más allá del trabajo o los ingresos. Así pues, si son otros los ámbitos que ahora mismo te tienen un poco «estancado», esta lectura también podría resultarte de interés. Al final, es sólo cuestión de enfoque, y la actitud y motivación que Juan Emilio puede trasmitir a sus lectores es fundamental para trabajar en cualquier meta o proyecto, sin importar cuál sea su naturaleza.

Las numerosas y variadas idea de Juan Emilio Cornejo están siempre dirigidas a construir una mejor versión de sus lectores. Y es interesante ver cómo temas recurrentes en el campo del desarrollo personal son presentados aquí con un sencillez que, al final, se vuelve potencia. Ni el lenguaje pretensioso ni la argumentación intrincada tienen aquí cabida. Y, quizá debido a ello, este libro es capaz de aportar valor a quien esté dispuesto a recibirlo.

  • ¿Eres conscientes de tu diálogo interno y de su influencia en tu vida?
  • ¿Eres capaz de distanciarte de las voces que te desacreditan y limitan y de amplificar aquellas que te empoderan?
  • ¿Te vives como una persona auténtica?
  • Más importante, ¿te gustaría adquirir herramientas para erradicar las creencias nocivas y limitantes y cambiar tu chip mental por uno que contribuya a tu bienestar?
  • ¿Sabes qué es el proceso de trasmutación cuántica?

A través de ejemplos, analogías, prácticas y experiencias (tanto del autor como de sus clientes), el lector de Transmutación cuántica, Detona la mejor versión de ti encontrará las respuestas de Juan Emilio a éstas y otras interrogantes. A quien quiera entender más sobre estos tema, le recomiendo que incluya este libro en su lista de lecturas.  

Si te decides por este libro y te pasa como a mí, es probable que te sentirás con la energía a tope y con la seguridad para lanzarte a dar los primeros pasos en el camino por conseguir un objetivo que quizás has anhelado y que no te habías decidido a buscar hasta ahora. Y es que Juan Emilio es un ejemplo de lo que él llama ENERGÍA ALTA y de cómo ésta, inevitablemente, se propaga a los que nos rodean, a nuestro entorno o —como en este caso— a quienes nos leen.

En un momento en el que estamos experimentando una fuerte cadena de «contagios» de intensas emociones, la presencia de seres que nos brindan una sonrisa en forma de palabras, «vacunándonos» contra la tristeza y la impotencia, es más que bienvenida.

¡Feliz lectura, mentes soñadoras!