El compromiso más sagrado

Photo by Pixabay on Pexels.com

Ayer, mi persona favorita me dijo “No me gustan los cambios”. “¿Y a quién sí?”, pensé, pero no dije nada, pues no me parecieron palabras adecuadas para ese momento. Incluso los detractores de las rutinas, ante cambios inesperados en su vida, han llegado a experimentar abatimiento, malestar, ansiedad y, en fin, la consecuente pérdida de equilibrio que implica el recordar que, en realidad, siembre andamos sobre arenas movedizas, aunque a veces la vida nos permita olvidarlo por un rato.

¿De qué depende el que algunas personas reaccionemos mejor y otras peor ante los cambios? Muchos dirán que de eso que llamamos personalidad. Tengo mis dudas. Aunque, en general, la personalidad pude tener un importante peso en este sentido, he constatado en mí misma que ésta no es definitoria.

¿Dependerá entonces de la magnitud o naturaleza del cambio? Me parece que tampoco puedo estar de acuerdo: he colapsado ante mínimas modificaciones y me he descubierto vigorizada y valiente ante “grandes” y “dramáticos” cambio, aunque ni yo misma lo habría creído si me lo hubieran contado.

Quizá es momento de introducir en estas divagaciones una precisión: Los cambios son aquellos sucesos que consideramos que tienen lugar afuera de nosotros y el equilibrio es un estado que percibimos como interno.

Lo externo conjuga un sinfín de factores que escapan al control de nuestras individualidades. Es el terreno de la total incertidumbre, y pensándolo así, resulta algo masoquista que nos hayamos enseñado a poner la mira siempre en ese “afuera” y no en el proceso interno o, más precisamente, en la conciencia que somos y que está experimentando ese “afuera”.

Este volcarnos al exterior, tiene como consecuencia la tendencia de vivir en el mañana: tal vez mañana, cuando las cosas cambien, estemos un poco menos tristes, menos desesperados. Ante esas enseñanzas que tienen como centro el afuera y el futuro, es decir, que consiguen que nos evadamos a nosotros mismos de manera magistral, existe una sabiduría ancestral expresada de muchas formas, según la cual la realidad es AHORA y el pasado y el presente no son más que ilusiones. Una sabiduría que nos indica que, en realidad, el afuera y el adentro no son distintos.  

Sin pretender ahondar en un tema tan complejo por simple, pues a nuestra mente le gustan las pseudoverdades  retorcidas, si nos cuidamos de malentender estas enseñanzas, nos daremos cuenta de que no son, como a veces nos gustaría creer, recetas mágicas para atraer lo que siempre hemos deseado (¡y qué suerte!). Estas enseñanzas son siempre una  exhortación a que indaguemos con seriedad el funcionamiento de nuestra mente.

Y al hacer esto, comenzamos a entrever cómo la continua planificación y nuestras expectativas provienen de un apego malsano a lo exterior. O bien, dicho al revés, al mantener la firme creencia de que, cuando las cosas de “afuera” sean como yo quiero, seré feliz, no nos queda más remedio que consagrar nuestros mejores esfuerzos a que lo externo se amolde a nuestras expectativas. Pero, en esos casos, el resultado siempre será dudoso.

Está bien que sepamos qué estamos esperando ante una ola de cambios en nuestra vida y está bien que tomemos acción para que ello se consiga. No obstante, conviene que nos formulemos la siguiente pregunta: “Si el carácter caprichoso de los acontecimientos no me brinda el escenario esperado, ¿podría estar en paz con eso?”. Siendo honestos, muchos contestaríamos que no, y entonces tendríamos que cuestionarnos por qué seguimos poniendo en marcha dinámicas mentales que nos producen sufrimiento, pues cualquier falta de paz ES SUFRIMIENTO.

¿Y si por fin nos comprometemos a dejar de vivir en la inconsciencia y, a fin de cuentas, en el automaltrato? ¿Estamos lo suficientemente hartos de vivir como lo hemos hecho como para establecer un compromiso con nosotros mismos que nos conduzca de vuelta a nuestra realidad, a esa paz en la que nos reconocemos?

Las aguas que conforman el río de nuestra vida podrán moverse todo lo que quieran, pero siempre podemos comprometernos a ver en ello una oportunidad más para conocernos. Viktor E. Frankl, quien supo entender a la perfección que la psicoterapia no puede prescindir de lo espiritual, insistió en la libertad que todos tenemos respecto a dotar de sentido nuestras vidas, y ese sentido, en mi opinión, consiste en recordar la realidad de nuestro Ser.

El compromiso de permitirnos ver en cada nuevo escenario una oportunidad de autoconocimiento ha  de renovarse las veces que sea necesario. Este compromiso, que es el más sagrado que podemos hacer en nuestro paso por la tierra, vale toda perseverancia. La creencia de que podemos fallar no ha de hacer que nos abandonemos a nosotros mismos de nuevo.

Ésta es una libertad —o responsabilidad, su otra cara— que nadie nos puede quitar, pero sí podemos renunciar a ella. De hecho, continuamente lo hacemos, siendo irresponsables con nosotros mismos. Sin embargo, sin culpas y más bien con amor, retomemos el rumbo las veces que sea necesario, pues hemos de hacer prevalecer el compromiso más sagrado.

Escritura terapéutica: Catarsis

Escribir es una forma de autoconocimiento que desvela aspectos de nosotros mismos que, inmersos en el automatismo del día a día, solemos pasar por alto.  Si algo he aprendido al practicar la escritura de forma constante ha sido que soy un ser que continuamente se transforma; en ese sentido, ¿por qué no decirlo?, la experiencia de mí misma es ilusoria, carente de solidez. Ése es el punto al que me gustaría arribar, pero, antes, hablemos un poco más de cómo concibo la escritura terapéutica llamada catártica, término que mantendré en su sentido más general de «purificación y liberación» (Sorry, dejaremos las especulaciones filosóficas y psicológicas para otro día).

Desde mi infancia, pero sobre todo en mi adolescencia y juventud, he practicado este tipo de escritura, que para mí, simple y llanamente, consiste en poner en papel mis ideas, emociones, aspiraciones, sentimientos, proyectos, recuerdos, vivencias, sensaciones físicas, etcétera. En principio, la función de este tipo de escritura es «vaciar» la mente (hasta donde tal cosa sea posible), tomar distancia de lo que estamos experimentando y descansar a la mente tal y como ella es.

Un ejemplo concreto de cómo uso este tipo de escritura es cuando, ya saben, preparo lo necesario para que Krishna, Nahui y Mia, mis michis (sí, el nombre del blog no es casualidad), pasen una noche pacífica (de nuevo, ¡hasta donde tal cosa es posible!). Apago las luces y me dispongo a dormir. Ha sido un día cansado y esperaba este momento con ansias, pero… mi mente está —más que enturbiada— enlodada, si he de apegarme a las metáforas clásicas sobre la mente. Los pensamientos van de aquí para allá, del pasado al futuro, de los pendientes a lo que pudo haberse hecho mejor, de los buenos a los malos recuerdos… Sé que no es necesario explicar más. Todos lo hemos vivido.

En estos casos, tomar unos minutos para vaciar todos esos pensamientos con ayuda del papel y un bolígrafo puede ser una gran inversión de tiempo, pues este acto brinda un sosiego a la mente que, con suerte, nos catapultará al mundo de los sueños de la noche.

Otro uso que le doy a la escritura catártica es cuando un pensamiento o idea se presenta repetidamente en mi cabeza sin que ello me brinde ningún beneficio. Creo que es necesario que distingamos el análisis o deliberación sobre un asunto que es importante para nosotros de las ideas casi obsesivas, donde se ha bloqueado el discernimiento mental y hemos quedado estancados en un estado que, lejos de trascenderse, nos genera malestar y falta de concentración.

En estos casos, escribir se vuelve un acto que simboliza el soltar. Pero, ojo, para que ello sea así es importante no caer en el análisis de esas ideas, al menos no en ese momento.

El «vaciamiento» que logro al escribir me permite albergar nuevas ideas y estar más atenta a las experiencias presentes. Para mí es casi magia el atestiguar cómo el puro y simple acto de escribir el parloteo mental, las ideas rumiantes, aplaca el diálogo interno, lo vuelve más gentil, amoroso y pacífico… Al menos por un rato, porque —seamos honestos— la existencia humana parece no poder arraigarse definitivamente en la paz. Es un hecho que hay que asumir.

En mi experiencia, he enfrentado situaciones o pensamientos tan persistentes y que me suscitan emociones tan intensas que el puro acto de escribir no ha sido suficiente. En tales casos el acompañamiento (profesional o no, individual o grupal,  ésa es una decisión personal) ha sido fundamental. Aun así, la escritura nunca ha dejado de ser un auxiliar indispensable.

Ahora bien, ¿leer o no leer lo que hemos escrito?

En principio, la escritura catártica no tiene otra función que la de liberarnos y, en ese sentido, es del todo válido no releernos. Incluso hay personas que realizan rituales para, literalmente, deshacer lo que escribieron. En general, no es mi caso. Si bien es cierto que, en algunas ocasiones, he decidido recurrir a la destrucción inmediata, yo considero que la lectura esporádica de mis escritos personales me ha brindado una perspectiva y conocimiento de mí misma que valor muchísimo.

Quizás, el saber que más valoro y al que, en buena medida, he accedido a través de releerme ha sido la conciencia sobre mis diversas manifestaciones y los cambios que se presentan en mí afectándome hasta la médula. ¿Por qué ello es importante? Porque me ha permitido reconocer que no existe un yo fijo e inmutable al que aferrarme. Me doy cuenta de que, al aceptar esto, me evito frustraciones y sinsabores que experimentaba cuando sentía que no lograba «ser quien realmente era» o cuando creía que me estaba traicionando. Es posible que el mayor fruto de esta conciencia sea la libertad y tranquilidad que brinda el aceptar que hoy soy como soy, que me vivo como me vivo y que percibo la «realidad» como la percibo. Hoy, no hay más.

Hay una tregua que se agradece infinitamente cuando comenzamos a observar y aceptar nuestro propio devenir. Y, en mi caso, la lectura de mis escritos —donde he podido contemplar mis cambiantes creencias, deseos, metas, opiniones, situaciones, sensaciones— me ha dado esa conciencia. Éste ha sido un paso previo para empezar a reconciliarme con mis incoherencias y para practicar el desapego a la idea de un yo fijo. Dicho en otras palabras, ha sido la antesala para entender que no hay un yo que deba defender. De tal experiencia, hablaré pronto (o al menos prometo intentarlo).

¡Feliz instante, mentes soñadoras!

Los rituales

El ritual “debe” realizarse. Apropiadamente, claro: en el momento exacto, con las repeticiones exactas, de la forma exacta. De su correcta ejecución depende que la ansiedad y la incomodidad, los sentimientos de privación e ira, se mantengan alejados

K. Wapnick

Arrancados del Todo, y por lo tanto sintiéndonos carentes y culpables por creer que hemos traicionado a Dios, a la Unidad, tratamos de lidiar con la ansiedad, la depresión, la ira, el odio hacia nosotros mismos, “haciendo cualquier trato demente con el mundo” (UCDM). Identificados con el ego y habiendo olvidado nuestra verdadera identidad espiritual, estudiamos y luego trabajamos, cumplimos con los mandamientos para tener la salud y el cuerpo perfectos, seguimos los convencionalismos para socializar y mantener relaciones, buscamos formas de divertirnos o nos entregamos al ocio, luchamos por salvar el mundo, nos volvemos ascetas o libertinos. La evasión puede cobrar un sinnúmero de formas. El día a día se nos volvió ritual. Han quedado soterradas en nuestro inconsciente las razones, pues ¿de qué otra cosa sino de nublar la conciencia trata el ritual? Y más importante, ¿se puede vivir de otra manera?

Nuestro ser tiende a la paz

Nuestro Ser tiende a la paz… No me refiero a la tranquilidad esporádica que, ocasionalmente, experimentamos en nuestro andar por esta vida. Esa tranquilidad que disfrutamos sólo cuando las cosas del mundo se corresponden con nuestros deseos, conscientes o inconscientes. Esa tranquilidad o felicidad que sentimos cuando los otros se están portando como creemos que deben comportarse.

Después de un tiempo de andar por este mundo, aprendemos que ésos no son sino estados pasajeros, superficiales, que a veces ni siquiera somos capaces de disfrutar en verdad porque, bien lo sabemos, no tardarán en abandonarnos. Así, los vivimos en una continua alerta esperando su final.

Y, aun así, nuestro Ser tiende a la paz…

Muchos filósofos y pensadores se han ocupado de reflexionar sobre nuestra negativa a aceptar el sufrimiento. Al final, resulta que no somos las ranas de aquel experimento cruel que se acostumbraron a estar en un agua tan ardiente que acabaron muriendo abrasadas. No lo somos porque nuestro Ser tiende a la paz y sólo ahí nos reconocemos.

¿Cómo hacer compatible este deseo de serenidad con nuestro paso por un mundo que nos da testimonio una y otra vez de que la paz duradera no es posible? ¿Será que somos unos neuróticos que se rehúsan a aceptar lo que es? Pero es que nuestro Ser tiende a la paz… Y entonces, ¿no será la verdadera demencia resignarnos a estar en un lugar que, al parecer, nada tiene que ver con nosotros?

Las especulaciones filosóficas pueden ser interesantes y hasta divertidas. ¿Necesarias? Eso no lo sé. Son muchos los senderos que nos pueden conducir al interior de nosotros, a ese no lugar donde nos (re)conocemos. Lo cierto es que en el fondo ya lo sabemos, aunque con frecuencia lo olvidamos: nuestro ser tiende a la paz. Es paz. Ésa y no otra ha de ser la meta de nuestro aprendizaje.

Escribirse

Photo by Pixabay on Pexels.com

Escribir sobre nosotros mismos es un acto creativo. Digo creativo en un sentido profundo, que va más allá del ingenio o la elocuencia. En este sueño que es la vida, la escritura es un acto de crearnos a nosotros mismos, ni más ni menos. Cuando cobramos valor para plasmar algunas palabras que nos cuenten, tras el punto final ya hemos dejado de ser quienes éramos al escribir la letra inicial.

Independiente del tono en que escribamos, sean nuestras quejas o agradecimientos, nuestros aprendizajes o errores, nuestros logros o sinsabores, nuestros deseos o desilusiones, siempre a la escritura le sigue un encuentro con nosotros mismos. Encuentro del que salimos transformados.

Por eso, no hay que dejar de escribir. No nos privemos de es técnica ancestral que cambió el rumbo de la humanidad y que, hoy, puede hacernos más comprensible nuestro propio mundo y nuestro estar en él.

Existen muchas vías para conectar con nosotros mismos. El encuentro y diálogo honesto con los otros. La contemplación de todo lo que nos rodea y que nos ayuda a habitar el presente. La oración. La lectura. La música. Son muchos los caminos, y sin duda la escritura es uno de ellos.

Porque, al final, para mí de eso se trata escribir y, ¿por qué no?, vivir: ser lo suficientemente osados como para sumergimos más allá de lo que nos pasa, de los pensamientos rumiantes del día a día que nos dicen que el pasado pesa como una lápida sobre nuestros hombros y que el futuro nos acecha. Sumergirnos más allá de los deberes y tareas impostergables.

Sumergirnos… ¿hasta dónde? Hasta ese no lugar donde reconocemos la perfecta unicidad que sostiene la vida. Y en ese instante, que es pura eternidad, nos encontramos.

Si la escritura puede ayudarnos a ello, y yo creo que sí, bienvenida sea.