Escritura terapéutica: Catarsis

Escribir es una forma de autoconocimiento que desvela aspectos de nosotros mismos que, inmersos en el automatismo del día a día, solemos pasar por alto.  Si algo he aprendido al practicar la escritura de forma constante ha sido que soy un ser que continuamente se transforma; en ese sentido, ¿por qué no decirlo?, la experiencia de mí misma es ilusoria, carente de solidez. Ése es el punto al que me gustaría arribar, pero, antes, hablemos un poco más de cómo concibo la escritura terapéutica llamada catártica, término que mantendré en su sentido más general de «purificación y liberación» (Sorry, dejaremos las especulaciones filosóficas y psicológicas para otro día).

Desde mi infancia, pero sobre todo en mi adolescencia y juventud, he practicado este tipo de escritura, que para mí, simple y llanamente, consiste en poner en papel mis ideas, emociones, aspiraciones, sentimientos, proyectos, recuerdos, vivencias, sensaciones físicas, etcétera. En principio, la función de este tipo de escritura es «vaciar» la mente (hasta donde tal cosa sea posible), tomar distancia de lo que estamos experimentando y descansar a la mente tal y como ella es.

Un ejemplo concreto de cómo uso este tipo de escritura es cuando, ya saben, preparo lo necesario para que Krishna, Nahui y Mia, mis michis (sí, el nombre del blog no es casualidad), pasen una noche pacífica (de nuevo, ¡hasta donde tal cosa es posible!). Apago las luces y me dispongo a dormir. Ha sido un día cansado y esperaba este momento con ansias, pero… mi mente está —más que enturbiada— enlodada, si he de apegarme a las metáforas clásicas sobre la mente. Los pensamientos van de aquí para allá, del pasado al futuro, de los pendientes a lo que pudo haberse hecho mejor, de los buenos a los malos recuerdos… Sé que no es necesario explicar más. Todos lo hemos vivido.

En estos casos, tomar unos minutos para vaciar todos esos pensamientos con ayuda del papel y un bolígrafo puede ser una gran inversión de tiempo, pues este acto brinda un sosiego a la mente que, con suerte, nos catapultará al mundo de los sueños de la noche.

Otro uso que le doy a la escritura catártica es cuando un pensamiento o idea se presenta repetidamente en mi cabeza sin que ello me brinde ningún beneficio. Creo que es necesario que distingamos el análisis o deliberación sobre un asunto que es importante para nosotros de las ideas casi obsesivas, donde se ha bloqueado el discernimiento mental y hemos quedado estancados en un estado que, lejos de trascenderse, nos genera malestar y falta de concentración.

En estos casos, escribir se vuelve un acto que simboliza el soltar. Pero, ojo, para que ello sea así es importante no caer en el análisis de esas ideas, al menos no en ese momento.

El «vaciamiento» que logro al escribir me permite albergar nuevas ideas y estar más atenta a las experiencias presentes. Para mí es casi magia el atestiguar cómo el puro y simple acto de escribir el parloteo mental, las ideas rumiantes, aplaca el diálogo interno, lo vuelve más gentil, amoroso y pacífico… Al menos por un rato, porque —seamos honestos— la existencia humana parece no poder arraigarse definitivamente en la paz. Es un hecho que hay que asumir.

En mi experiencia, he enfrentado situaciones o pensamientos tan persistentes y que me suscitan emociones tan intensas que el puro acto de escribir no ha sido suficiente. En tales casos el acompañamiento (profesional o no, individual o grupal,  ésa es una decisión personal) ha sido fundamental. Aun así, la escritura nunca ha dejado de ser un auxiliar indispensable.

Ahora bien, ¿leer o no leer lo que hemos escrito?

En principio, la escritura catártica no tiene otra función que la de liberarnos y, en ese sentido, es del todo válido no releernos. Incluso hay personas que realizan rituales para, literalmente, deshacer lo que escribieron. En general, no es mi caso. Si bien es cierto que, en algunas ocasiones, he decidido recurrir a la destrucción inmediata, yo considero que la lectura esporádica de mis escritos personales me ha brindado una perspectiva y conocimiento de mí misma que valor muchísimo.

Quizás, el saber que más valoro y al que, en buena medida, he accedido a través de releerme ha sido la conciencia sobre mis diversas manifestaciones y los cambios que se presentan en mí afectándome hasta la médula. ¿Por qué ello es importante? Porque me ha permitido reconocer que no existe un yo fijo e inmutable al que aferrarme. Me doy cuenta de que, al aceptar esto, me evito frustraciones y sinsabores que experimentaba cuando sentía que no lograba «ser quien realmente era» o cuando creía que me estaba traicionando. Es posible que el mayor fruto de esta conciencia sea la libertad y tranquilidad que brinda el aceptar que hoy soy como soy, que me vivo como me vivo y que percibo la «realidad» como la percibo. Hoy, no hay más.

Hay una tregua que se agradece infinitamente cuando comenzamos a observar y aceptar nuestro propio devenir. Y, en mi caso, la lectura de mis escritos —donde he podido contemplar mis cambiantes creencias, deseos, metas, opiniones, situaciones, sensaciones— me ha dado esa conciencia. Éste ha sido un paso previo para empezar a reconciliarme con mis incoherencias y para practicar el desapego a la idea de un yo fijo. Dicho en otras palabras, ha sido la antesala para entender que no hay un yo que deba defender. De tal experiencia, hablaré pronto (o al menos prometo intentarlo).

¡Feliz instante, mentes soñadoras!

Escritura terapéutica: Gratitud

Toda rendición nos lleva a la gratitud: en nuestro pecho empieza a florecer algo que nos hace sentir bien, que nos dice que todo está sucediendo como tiene que suceder y que nos invita a mirar de nuevo nuestra vida.

Núria Guinart

La Escritura Terapéutica (ET) es una herramienta con funciones benéficas como la catarsis, la introspección, el autoconocimiento y el desarrollo de la creatividad. Estas funciones comparten como raíz el hecho de que la escritura nos permite ser más conscientes de nosotros mismos: de nuestras creencias, aspiraciones, emociones, temores, recuerdos, opiniones, prejuicios, el estado de nuestros vínculos con quienes nos rodean y de nuestro entorno en general.

La Escritura Terapéutica me ha acompañado desde que era niña. Comencé a escribir solo porque sí, porque lo disfrutaba, sin entender lo que ocurría durante ese proceso de ponerme en palabras. Sin embargo, desde hace algunos años, gracias a la información que profesionales y practicantes de la ET han compartido, he llegado a entender más en qué consiste este tipo de escritura. Así, como practicante, deseo exponer mis experiencias con la ET para aportar un granito de arena a quienes se inician en este ejercicio.

Ahora veo que, cuando niña y adolescente, mi escritura estuvo dirigida sobre todo a cumplir una función catártica y de autoconocimiento, de la que hablaré en una próxima entrada. En esta ocasión, quisiera enfocarme en la escritura que tiene como propósito expresar nuestra gratitud, en reconocer los motivos que tenemos para sentirnos agradecidos… Pero ¿tenemos razones para dar gracias?

Éste es el primer obstáculo al que suelen enfrentarse quienes comienzan a practicar este tipo de Escritura Terapéutica. Al menos a mí así me sucedió (y, en ciertos momentos, todavía me pasa). Ante la hoja en blanco, me entraba una bloqueo, y en mi cabeza una vocecilla invariablemente cuestionaba: «¿Agradecer? Pero ¿de qué puedo dar gracias si a mí lo que me sobran son problemas?». Es importante no permitir que este tipo de bloqueos se conviertan en una fuente de frustración. Al fin y al cabo, estamos intentando propiciar un cambio de mentalidad. Si tuviéramos suficientemente integrado el tema del agradecimiento, te aseguro que este ejercicio carecería de importancia.

Es interesante reparar en lo común que es este bloqueo. Me parece que eso habla de los hábitos mentales que hemos desarrollado social y culturalmente. ¿Por qué será que nos queremos deprimidos y pesimistas? ¿Será que hay un beneficio en esto? Tema para explorar en otro momento, sin duda.

Ahora bien, ¿cómo abordamos ese molesto bloqueo del que hemos hablado antes? Aquí quisiera compartir una estrategia sumamente efectiva para desarmar a la mente «desagradecida» y proclive a las quejas. Esta técnica, llamada «sustracción mental» es expuesta por Rolf Dobelli en El arte de la buena vida (México, Paidós, 2018), y su función es la de permitirnos cobrar conciencia de nuestra felicidad. Al final, el agradecimiento nos recuerda los motivos que, por azar o por mérito, tenemos para sentirnos bien con nosotros mismos y con nuestras circunstancias.

Según Dobelli, lo primero que debes hacer es preguntarte lo siguiente: «¿Cuán feliz me siento con mi vida en general?». Contesta asignando un número entre 0 y 10, donde 10 equivale a «extasiado» y 0 a «absolutamente infeliz». El autor continúa:

Cierra los ojos. Imagínate que hubieras perdido el brazo derecho. Tu hombro se redujo a un muñón. ¿Cómo se siente eso? ¿Hasta qué grado se te dificulta la vida por tener un solo brazo? ¿Cómo vas a comer, teclear, andar en bicicleta? ¿Cómo vas a abrazar a alguien? Ahora imagínate que también perdiste el brazo izquierdo. No tienes manos. No puedes sostener nada, tocar nada, acariciar nada. ¿Cómo te sientes? En tercer lugar, imagínate que, adicionalmente, hubieras perdido la vista. Aún puedes escuchar, pero jamás volverás a ver un paisaje o el rostro de tu pareja, de tus hijos o tus amigos. ¿Cómo te sientes?

Para que el ejercicio surta efecto, es necesario implicarnos de verdad en estas visualizaciones, aunque sólo sea por un momento. Una vez que lo hayas hecho, pregúntate otra vez: «¿Cuán feliz me siento con mi vida en general?». Ten por seguro que ahora asignarás un número más alto.

Yo suelo utilizar este ejercicio en escenarios que implican otros ámbitos de mi vida además de la salud física: el trabajo, la familia, los amigos, el dinero, la salud mental, etc. No importa qué tan mala sea mi perspectiva sobre una situación, cada vez que llevo a cabo la «sustracción mental» los motivos por los que estar agradecida vienen a mi conciencia, generándome una nueva perspectiva e impulso para lidiar con cualquier escenario.

Este ejercicio, y en general cualquier forma en que se practique la gratitud, nos ayuda a enfocarnos en aquello que es importante, que es motivo de alegría y que, muchas veces, lo ignoramos por estar concentrados en lo que nos falta, en las expectativas no cumplidas, en los obstáculos. Unos minutos al día para pensar en lo que tenemos pueden marcar toda la diferencia.

El cómo llevar a cabo este hábito dependerá de tus necesidades, de qué tan acostumbrado estés a la escritura, de tus tiempos y del momento de vida que estés atravesando. (Sin duda, hay épocas en las que nos hace más falta que nunca ser conscientes de lo bueno). He aprendido que lo mejor es alejarme de la rigidez y adaptar la práctica a mis variables necesidades. Es importante mantenerla como una actividad placentera y no como una obligación más que «debo» cumplir.

Si vas comenzando y aún no te sientes tan amigo de las páginas en blanco, unos pocos minutos para escribir 3 cosas por las que estar agradecido cada día serán un excelente punto de partida, y desde ahí podrás hacer las modificaciones que vayas sintiendo. En mi caso, actualmente dedico al menos 20 minutos para  escribir con total libertad sobre todo aquello por lo que me siento agradecida.

¿Cuál es el mejor momento para realizar este ejercicio? Esto también requiere realizar diferentes pruebas para descubrir lo que más se ajusta a tus circunstancias. Lo mejor es no atarse a horarios y rutinas rígidas, pero sí mantener la constancia en la práctica en sí, pues ello es indispensable para experimentar los resultados.

Muchas personas prefieren agradecer en las primeras horas, puesto que es una muy buena manera de empezar el día con la energía alta. Otras prefieren hacerlo a mediodía o por la tarde, cuando ya han realizado sus tareas prioritarias y tienen su mente libre de pendientes y obligaciones. Algunos más —y en ese grupo me encuentro yo, al menos por ahora— preferimos la noche. Para mí, la ventaja de expresar mi agradecimiento de forma consciente antes de dormir es que me brinda una adecuada disposición para descansar y conectar con mis sueños de la noche.

Por cierto, dentro de la Escritura Terapéutica, plasmar los sueños a primera hora de la mañana es otra excelente forma de conocernos a nosotros mismos. Es una de las formas de la ET que más me ha aportado. De las posibilidades y estrategias de la escritura de los sueños de la noche hablaré muy muy pronto.

¡Feliz instante, mentes soñadoras!

Escribirse

Photo by Pixabay on Pexels.com

Escribir sobre nosotros mismos es un acto creativo. Digo creativo en un sentido profundo, que va más allá del ingenio o la elocuencia. En este sueño que es la vida, la escritura es un acto de crearnos a nosotros mismos, ni más ni menos. Cuando cobramos valor para plasmar algunas palabras que nos cuenten, tras el punto final ya hemos dejado de ser quienes éramos al escribir la letra inicial.

Independiente del tono en que escribamos, sean nuestras quejas o agradecimientos, nuestros aprendizajes o errores, nuestros logros o sinsabores, nuestros deseos o desilusiones, siempre a la escritura le sigue un encuentro con nosotros mismos. Encuentro del que salimos transformados.

Por eso, no hay que dejar de escribir. No nos privemos de es técnica ancestral que cambió el rumbo de la humanidad y que, hoy, puede hacernos más comprensible nuestro propio mundo y nuestro estar en él.

Existen muchas vías para conectar con nosotros mismos. El encuentro y diálogo honesto con los otros. La contemplación de todo lo que nos rodea y que nos ayuda a habitar el presente. La oración. La lectura. La música. Son muchos los caminos, y sin duda la escritura es uno de ellos.

Porque, al final, para mí de eso se trata escribir y, ¿por qué no?, vivir: ser lo suficientemente osados como para sumergimos más allá de lo que nos pasa, de los pensamientos rumiantes del día a día que nos dicen que el pasado pesa como una lápida sobre nuestros hombros y que el futuro nos acecha. Sumergirnos más allá de los deberes y tareas impostergables.

Sumergirnos… ¿hasta dónde? Hasta ese no lugar donde reconocemos la perfecta unicidad que sostiene la vida. Y en ese instante, que es pura eternidad, nos encontramos.

Si la escritura puede ayudarnos a ello, y yo creo que sí, bienvenida sea.