Eternos

Atrevámonos a fijar la mirada en eso que nos hermana a ti y a mí, al resto de los seres y, ¿por qué no?, a lo “inanimado”. ¡Qué extraña me resulta esa palabra! La vida se expresa por doquier. Lo no vivo, la muerte es también un tema de perspectiva.

Atrevámonos a mirar… No más Orfeos desvaneciendo al amor a causa de su mirar. La mirada que destruye al ser amado, a uno mismo o al propio Amor es un mito que funda a Occidente. ¡No mires o te convertirás en una estatua de sal! Perecerás, o al menos desearás haberlo hecho y preferirás arrancarte los ojos antes que volver a mirar. ¡Cuánto temor despierta la mirada! No más Orfeos, no más Edipos, no más mujeres petrificadas.

Miedo al mirar y al pensar que van de la mano. Alabamos la erudición y la intelectualización porque son las grandes maestras de la ocultación. Sin embargo, tememos a la contemplación y al pensamiento vivo por su capacidad de desvelar lo que está ahí, siempre, persistente, calmo, certero.

Atrevámonos a mirar porque lo único que la mirada puede destruir es la ilusión, la mentira, la falsedad. Pero ¿cómo se destruye lo que nunca ha sido hecho? Mejor recurrir a la luminosa metáfora de la Luz (disculparán la redundancia). La mirada ilumina y entonces por fin podemos “distinguir lo falso y lo verdadero, y reemplazar lo falso por lo verdadero” (UCDM, 8, IX).1 Reconocer lo falso como falso y lo verdadero como verdadero. ¡En qué simpleza radica toda la sabiduría a la que nuestra experiencia humana puede aspirar!

No obstante, seguimos en incansable huida de las ministras de la justicia2 que sabrán encontrarnos porque, como dijo Heráclito, “La guerra es común a todos, la lucha es justicia y todo nace y muere por obra de la justicia”.3 Rueda de Diké, Rueda de Samsara… Tantos nombres, una sola conciencia que conoce para conocerse.

Todo es un tema de perspectiva. En la mirada se nos juega nuestra creencia sobre la existencia. Lo que hoy es causa de sufrimiento puede también ser la causa de la liberación. En cada ser y acontecer se encuentra la posibilidad del despertar o del sueño, según la mirada, la luz que arrojemos sobre ello.

La hostilidad y las ansiedades infernales nos instan a huir y evadirlas, pero en nuestro encuentro con ellas y en su contemplación nos purificamos al dejar al descubierto su insustancialidad. La materialidad del cuerpo, que nos ata al sufrimiento o a los placeres sensuales, con un cambio de perspectiva, nos eleva al pensar  y a la reflexión que nuestra condición humana posibilita. Nuestros apegos a las fantasmagorías, los deseos por lo ilusorio, pueden ser liberados para que lo único que se conserve sea el deseo por la verdad, la elevación del espíritu.4

Atrevernos a mirar… Mas no con la mirada del sabio sino con la del niño que puede hallar y abrazar al Maestro que se encuentra dentro de sí mismo. Ese Maestro cuya perspectiva podemos y queremos aprender para recordar que el error no es real, y que la muerte no es más que un error perceptual, que, en sí, no es nada. No morimos, sino que vivimos eternamente. Inmortales, porque así lo dispone la Voluntad Una que no se opone a nada y a la que nada puede oponérsele.

J.L.H., para ti y para mí, para todos, porque somos uno y somos eternos. Gracias por recordármelo.

NOTAS

  1. Casi todos los temas de este texto (la perspectiva, la mirada, el maestro interno, la Voluntad, la eternidad) están pensados a través de mi estudio y práctica de Un Curso de Milagros, si bien su tratamiento contiene elementos de otras tradiciones filosóficas o espirituales que han enriquecido mi práctica como estudiante del Curso.
  2. Véase fragmento 29 de Heráclito. Disponible en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
  3. Héraclito, Fragmento 62. Disponible en idem.
  4. Cfr. Mark Epstein, “La Rueda de la Vida: un modelo budista de la mente neurótica”, en Pensamientos sin pensador: Psicoterapia desde una perspectiva Budista, Gaia.

Un veneno que cura

No tengo nada,
¡Más que esta tranquilidad!
¡Este frescor!

Kobayashi Issa

La historia de nuestro nacimiento es una mera fábula. Nuestro origen es ajeno a todo tiempo y lugar. Luchar para existir, para ser. ¿Puede haber algo más extraño que eso? La razón que no se ha olvidado de que también es sentimiento se niega a aceptarlo. Si, en última instancia, todo lo que nace y muere carece de sustancia, la lucha por la supervivencia se convierte en la batalla de espejismos.  

El veneno que libremente ingerimos alcanzará su dosis exacta y se volverá sanación. Como no recuerda, Eduardo Monteverde “Los anhelos de curación y las intenciones venenosas son las mismas”. Así, todo depende del deseo, de la intención, de una voluntad que titubea. Entonces, la liberación se atisba, mas no parece duradera. No importa, sanaremos porque se trata de una elección que podemos postergar, pero no evitar.

Y entonces, no habrá más ataque, ni defensas. Ni espadas, ni escudos. El ser y el mundo ilusorios se dejarán de lado, y liberados de esos límites que nosotros mismos nos hemos impuesto, por fin iremos al encuentro de nuestro Ser, que es Uno y de todos.

La irrealidad de la desolación y la penumbra será evidente, y nuestro Universo se llenará de vivencias que de verdad son Vida. Desde nuestro ser espiritual, no habrá más mutismo, nos comunicaremos desde el corazón. Encontramos la fortaleza que creíamos perdida, pero que siempre estuvo ahí.

No negamos el sufrimiento. Lo transmutamos porque, desde el espíritu, todo queda unido: llanto y alegría, bien y mal, falso y verdadero. Ya no somos penitentes ni creemos que para vivir haya que sufrir. El tormento de un vacío que es falta, carencia, cede ante la Presencia que se derrama en esa vacuidad que no duele sino que libera, nos fusiona y nos completa.  

El compromiso más sagrado

Photo by Pixabay on Pexels.com

Ayer, mi persona favorita me dijo “No me gustan los cambios”. “¿Y a quién sí?”, pensé, pero no dije nada, pues no me parecieron palabras adecuadas para ese momento. Incluso los detractores de las rutinas, ante cambios inesperados en su vida, han llegado a experimentar abatimiento, malestar, ansiedad y, en fin, la consecuente pérdida de equilibrio que implica el recordar que, en realidad, siembre andamos sobre arenas movedizas, aunque a veces la vida nos permita olvidarlo por un rato.

¿De qué depende el que algunas personas reaccionemos mejor y otras peor ante los cambios? Muchos dirán que de eso que llamamos personalidad. Tengo mis dudas. Aunque, en general, la personalidad pude tener un importante peso en este sentido, he constatado en mí misma que ésta no es definitoria.

¿Dependerá entonces de la magnitud o naturaleza del cambio? Me parece que tampoco puedo estar de acuerdo: he colapsado ante mínimas modificaciones y me he descubierto vigorizada y valiente ante “grandes” y “dramáticos” cambio, aunque ni yo misma lo habría creído si me lo hubieran contado.

Quizá es momento de introducir en estas divagaciones una precisión: Los cambios son aquellos sucesos que consideramos que tienen lugar afuera de nosotros y el equilibrio es un estado que percibimos como interno.

Lo externo conjuga un sinfín de factores que escapan al control de nuestras individualidades. Es el terreno de la total incertidumbre, y pensándolo así, resulta algo masoquista que nos hayamos enseñado a poner la mira siempre en ese “afuera” y no en el proceso interno o, más precisamente, en la conciencia que somos y que está experimentando ese “afuera”.

Este volcarnos al exterior, tiene como consecuencia la tendencia de vivir en el mañana: tal vez mañana, cuando las cosas cambien, estemos un poco menos tristes, menos desesperados. Ante esas enseñanzas que tienen como centro el afuera y el futuro, es decir, que consiguen que nos evadamos a nosotros mismos de manera magistral, existe una sabiduría ancestral expresada de muchas formas, según la cual la realidad es AHORA y el pasado y el presente no son más que ilusiones. Una sabiduría que nos indica que, en realidad, el afuera y el adentro no son distintos.  

Sin pretender ahondar en un tema tan complejo por simple, pues a nuestra mente le gustan las pseudoverdades  retorcidas, si nos cuidamos de malentender estas enseñanzas, nos daremos cuenta de que no son, como a veces nos gustaría creer, recetas mágicas para atraer lo que siempre hemos deseado (¡y qué suerte!). Estas enseñanzas son siempre una  exhortación a que indaguemos con seriedad el funcionamiento de nuestra mente.

Y al hacer esto, comenzamos a entrever cómo la continua planificación y nuestras expectativas provienen de un apego malsano a lo exterior. O bien, dicho al revés, al mantener la firme creencia de que, cuando las cosas de “afuera” sean como yo quiero, seré feliz, no nos queda más remedio que consagrar nuestros mejores esfuerzos a que lo externo se amolde a nuestras expectativas. Pero, en esos casos, el resultado siempre será dudoso.

Está bien que sepamos qué estamos esperando ante una ola de cambios en nuestra vida y está bien que tomemos acción para que ello se consiga. No obstante, conviene que nos formulemos la siguiente pregunta: “Si el carácter caprichoso de los acontecimientos no me brinda el escenario esperado, ¿podría estar en paz con eso?”. Siendo honestos, muchos contestaríamos que no, y entonces tendríamos que cuestionarnos por qué seguimos poniendo en marcha dinámicas mentales que nos producen sufrimiento, pues cualquier falta de paz ES SUFRIMIENTO.

¿Y si por fin nos comprometemos a dejar de vivir en la inconsciencia y, a fin de cuentas, en el automaltrato? ¿Estamos lo suficientemente hartos de vivir como lo hemos hecho como para establecer un compromiso con nosotros mismos que nos conduzca de vuelta a nuestra realidad, a esa paz en la que nos reconocemos?

Las aguas que conforman el río de nuestra vida podrán moverse todo lo que quieran, pero siempre podemos comprometernos a ver en ello una oportunidad más para conocernos. Viktor E. Frankl, quien supo entender a la perfección que la psicoterapia no puede prescindir de lo espiritual, insistió en la libertad que todos tenemos respecto a dotar de sentido nuestras vidas, y ese sentido, en mi opinión, consiste en recordar la realidad de nuestro Ser.

El compromiso de permitirnos ver en cada nuevo escenario una oportunidad de autoconocimiento ha  de renovarse las veces que sea necesario. Este compromiso, que es el más sagrado que podemos hacer en nuestro paso por la tierra, vale toda perseverancia. La creencia de que podemos fallar no ha de hacer que nos abandonemos a nosotros mismos de nuevo.

Ésta es una libertad —o responsabilidad, su otra cara— que nadie nos puede quitar, pero sí podemos renunciar a ella. De hecho, continuamente lo hacemos, siendo irresponsables con nosotros mismos. Sin embargo, sin culpas y más bien con amor, retomemos el rumbo las veces que sea necesario, pues hemos de hacer prevalecer el compromiso más sagrado.

Los rituales

El ritual “debe” realizarse. Apropiadamente, claro: en el momento exacto, con las repeticiones exactas, de la forma exacta. De su correcta ejecución depende que la ansiedad y la incomodidad, los sentimientos de privación e ira, se mantengan alejados

K. Wapnick

Arrancados del Todo, y por lo tanto sintiéndonos carentes y culpables por creer que hemos traicionado a Dios, a la Unidad, tratamos de lidiar con la ansiedad, la depresión, la ira, el odio hacia nosotros mismos, “haciendo cualquier trato demente con el mundo” (UCDM). Identificados con el ego y habiendo olvidado nuestra verdadera identidad espiritual, estudiamos y luego trabajamos, cumplimos con los mandamientos para tener la salud y el cuerpo perfectos, seguimos los convencionalismos para socializar y mantener relaciones, buscamos formas de divertirnos o nos entregamos al ocio, luchamos por salvar el mundo, nos volvemos ascetas o libertinos. La evasión puede cobrar un sinnúmero de formas. El día a día se nos volvió ritual. Han quedado soterradas en nuestro inconsciente las razones, pues ¿de qué otra cosa sino de nublar la conciencia trata el ritual? Y más importante, ¿se puede vivir de otra manera?

El propósito nunca es obvio

Había una vez un hombre que, inesperadamente, recibió una herencia. Sus primeras ideas cuando se enteró de tal noticia fueron acerca de cómo, por fin, podría asegurar su futuro y, además, del bien que podría hacer valiéndose de su fortuna.

No obstante, entre gastos imprevistos, malas inversiones y una tendencia al derroche, acabó por perderlo todo al cabo de un año. El resto de sus días, lo pasó lamentándose por sus malas decisiones y por haber perdido su gran oportunidad.

¿Te suena familiar esta historia? Tal vez nunca has recibido una herencia, y puede que el dinero no ocupe un lugar importante en tus preocupaciones cotidianas. Y aun así, apuesto a que conoces bien el sinsabor de haber tomado una mala decisión, o de haber sido “víctima” del destino, lo que marcó irremediablemente tu vida de una forma que tú nunca hubieras querido.

Sin embargo, el propósito nunca es algo obvio… Estamos tan acostumbrados a atribuir a nuestras experiencias un significado establecido (que casi nunca viene de nosotros, sino de lo que nos han enseñado que debe ser) que pasamos por alto que toda vivencia entraña un oportunidad, o un aprendizaje, que no siempre es evidente a primera vista.

Y no es evidente porque la vida sea muy complicada, como nos resulta cómodo creer, sino porque, precisamente, ponemos nuestras expectativas sobre cada situación que nos acontece. Juzgamos cómo deben ser las cosas y cómo no, y en ese proceso que realizamos de forma automática, impedimos que cada acontecimiento, cada experiencia, florezca plenamente revelándonos su verdadero propósito.

¿Y qué tal que el propósito de esa persona que fue tan especial en tu vida no era quedarse para siempre contigo, sino que estuvo y se fue por algo más? ¿Has considerado que el propósito de tu cuerpo, ahora incapacitado por una enfermedad o accidente, no era ser por siempre saludable, sino que se trataba de algo más? ¿Te ha pasado por la cabeza la idea de que el significado de ese gran trabajo que perdiste no era que lo conservaras hasta el fin de tus días, sino algo más?

Tal vez, si el hombre de nuestra historia hubiera reconocido que el propósito nunca es obvio hubiera reconocido que su experiencia le brindaba la oportunidad de entender que los bienes materiales van y vienen, y que depositar la paz y la esperanza en un ídolo tan caprichoso no puede sino conducir a la decepción. Tal vez…

Pero, ¡yo qué sé! Para nuestro disgusto el propósito nunca es obvio y, peor aún, la respuesta no puede ser formulada universalmente. No sé qué aprendizaje estaba oculto tras la pérdida de su fortuna, como tampoco sé lo que está presto a revelarse en tus experiencias. Ése es un camino que a cada uno nos toca realizar.

Lo que sí sé es que hay que acallar la mente. Juzgar menos y escuchar más, a la vida y a nosotros. Porque el propósito se vuelve obvio para quien verdaderamente está dispuesto a mirarlo.

Nuestro ser tiende a la paz

Nuestro Ser tiende a la paz… No me refiero a la tranquilidad esporádica que, ocasionalmente, experimentamos en nuestro andar por esta vida. Esa tranquilidad que disfrutamos sólo cuando las cosas del mundo se corresponden con nuestros deseos, conscientes o inconscientes. Esa tranquilidad o felicidad que sentimos cuando los otros se están portando como creemos que deben comportarse.

Después de un tiempo de andar por este mundo, aprendemos que ésos no son sino estados pasajeros, superficiales, que a veces ni siquiera somos capaces de disfrutar en verdad porque, bien lo sabemos, no tardarán en abandonarnos. Así, los vivimos en una continua alerta esperando su final.

Y, aun así, nuestro Ser tiende a la paz…

Muchos filósofos y pensadores se han ocupado de reflexionar sobre nuestra negativa a aceptar el sufrimiento. Al final, resulta que no somos las ranas de aquel experimento cruel que se acostumbraron a estar en un agua tan ardiente que acabaron muriendo abrasadas. No lo somos porque nuestro Ser tiende a la paz y sólo ahí nos reconocemos.

¿Cómo hacer compatible este deseo de serenidad con nuestro paso por un mundo que nos da testimonio una y otra vez de que la paz duradera no es posible? ¿Será que somos unos neuróticos que se rehúsan a aceptar lo que es? Pero es que nuestro Ser tiende a la paz… Y entonces, ¿no será la verdadera demencia resignarnos a estar en un lugar que, al parecer, nada tiene que ver con nosotros?

Las especulaciones filosóficas pueden ser interesantes y hasta divertidas. ¿Necesarias? Eso no lo sé. Son muchos los senderos que nos pueden conducir al interior de nosotros, a ese no lugar donde nos (re)conocemos. Lo cierto es que en el fondo ya lo sabemos, aunque con frecuencia lo olvidamos: nuestro ser tiende a la paz. Es paz. Ésa y no otra ha de ser la meta de nuestro aprendizaje.

Escribirse

Photo by Pixabay on Pexels.com

Escribir sobre nosotros mismos es un acto creativo. Digo creativo en un sentido profundo, que va más allá del ingenio o la elocuencia. En este sueño que es la vida, la escritura es un acto de crearnos a nosotros mismos, ni más ni menos. Cuando cobramos valor para plasmar algunas palabras que nos cuenten, tras el punto final ya hemos dejado de ser quienes éramos al escribir la letra inicial.

Independiente del tono en que escribamos, sean nuestras quejas o agradecimientos, nuestros aprendizajes o errores, nuestros logros o sinsabores, nuestros deseos o desilusiones, siempre a la escritura le sigue un encuentro con nosotros mismos. Encuentro del que salimos transformados.

Por eso, no hay que dejar de escribir. No nos privemos de es técnica ancestral que cambió el rumbo de la humanidad y que, hoy, puede hacernos más comprensible nuestro propio mundo y nuestro estar en él.

Existen muchas vías para conectar con nosotros mismos. El encuentro y diálogo honesto con los otros. La contemplación de todo lo que nos rodea y que nos ayuda a habitar el presente. La oración. La lectura. La música. Son muchos los caminos, y sin duda la escritura es uno de ellos.

Porque, al final, para mí de eso se trata escribir y, ¿por qué no?, vivir: ser lo suficientemente osados como para sumergimos más allá de lo que nos pasa, de los pensamientos rumiantes del día a día que nos dicen que el pasado pesa como una lápida sobre nuestros hombros y que el futuro nos acecha. Sumergirnos más allá de los deberes y tareas impostergables.

Sumergirnos… ¿hasta dónde? Hasta ese no lugar donde reconocemos la perfecta unicidad que sostiene la vida. Y en ese instante, que es pura eternidad, nos encontramos.

Si la escritura puede ayudarnos a ello, y yo creo que sí, bienvenida sea.