¿Para qué?, o del propósito

La idea del tiempo lineal, esto es, la creencia de que existe una continuidad entre pasado, presente y futuro, es bastante dudosa. Incluso desde la física, ha sido puesta en entredicho y calificada de ilusoria. Y sobre lo que han dicho los filósofo acerca del tiempo, ni qué decir. El tema daría para muchas páginas.

En esta ocasión, me gustaría abordar el tema centrándome en la teleología. La teleología se refiere a cómo las cosas o los acontecimientos presentes encuentran su razón de ser en su fin o su propósito Me gustaría que reconocieras el interés que puede tener esta perspectiva. Así que, demos un paso atrás para darnos cuenta de cómo solemos explicarnos lo que nos sucede, o bien cómo es que, usualmente, explicamos el ser o naturaleza de las cosas y los seres.

Hagámoslo a través de un ejemplo. Si queremos indagar acerca del ser de este texto podemos dar al menos 4 respuestas: 1)  que su causa soy yo, que lo escribí; 2) que es el orden y disposición de las ideas que se exponen, y que lo hacen ser lo que es distinguiéndolo de cualquier otro texto; 3) que su causa son las palabras que lo conforman, e incluso, si somos más extremista, los píxeles que permiten que lo leas, esto es, los elementos de que está hecho; y 4) que su razón de ser es que alguien, tú, lo leas.

Para dar cuenta de este texto, hemos acudido a la teoría de las cuatro causas de Aristóteles, el más destacado discípulo de Platón nacido en Estagira, antigua ciudad de Macedonia, en el año 384 a. C. Ahondaré más en esta teoría, pero debo advertir que me estoy tomando bastantes libertades al valerme de este aspecto de la filosofía aristotélica, puesto que para este filósofo, el verdadero conocimiento, que da certeza, sólo puede ser de lo universal; en cambio, de lo particular —como es el caso de este texto— siempre puede ser abordado desde infinitas perspectivas, ninguna de las cuales agota por completo la realidad. No obstante, en esta ocasión y hecha la advertencia, me permitiré hablar de esta teoría para pensar sobre cómo los fines están implicados en nuestra experiencia del presente y lo que éste nos ofrece.

Volviendo a nuestro ejemplo, según la teoría aludida, todo proceso implica 4 causas: la material (que en nuestro ejemplo sería las palabras o píxeles, aquello de lo que la cosa está hecha), la formal (en nuestro caso, el ordenamiento de las ideas, el molde o la forma), la eficiente (yo, que lo estoy escribiendo, quien ejecuta o hace) y la final o teleológica (para que tú lo leas, su fin o propósito).

Me interesa que nos centremos en esta última explicación, puesto que se responde a través de la pregunta ¿para qué? Cuando nos cuestionamos acerca de algo que nos está ocurriendo solemos teñir nuestra experiencia presente con elementos del pasado. Esto es, pensamos que una cosas, persona o acontecimiento que previamente existió o tuvo lugar ha sido la causa de esta experiencia que ahora intentamos comprender.

Al preguntarnos por la causa (el porqué) de algo buscamos en el pasado cercano o remoto. Esto es lo más usual y lo hacemos de forma automática. Lo que quiero proponerte no es que descartes esta posibilidad del todo, sino que consideres también la pregunta sobre el para qué, sobre el fin o el propósito. Créeme, a veces un cambio en la perspectiva puede hacer un mundo de diferencia.

Ante las vivencias que consideramos “negativas”, imbuirnos sin más en pensamientos acerca del pasado puede producirnos mucha impotencia y culpa. Nos lamentamos por las malas decisiones tomadas, por la mala suerte que tuvimos, por lo injusta que ha sido la vida con nosotros. Todas estas valoraciones que hacemos sobre lo que nos sucede son arbitrarias. La mala suerte de una persona puede ser la fortuna de otra, no lo olvides, es un tema de perspectiva. Si no te convence esto que digo, te invito a revisar el ejercicio de sustracción mental del que te platiqué en la publicación sobre la gratitud.

He querido proponerte este cambio de perspectiva, este pasar de la atención en el pasado al para qué de algo, porque en lo personal me ha sido de gran utilidad creer que, si se lo permito, cada situación tiene un propósito, un aprendizaje que brindarme. No es fácil aceptar algo así, lo sé. Yo misma me he resistido con frecuencia a este tipo de posiciones.

Me parece que la resistencia principal radica en que, para aceptar que todo tiene un propósito, tenemos que ser capaces de liberar a nuestras experiencias de todo significado que le hayamos dado.1 Debemos reconocer que nuestra perspectiva es demasiado limitada como para que podamos saber lo que verdaderamente es  bueno o malo para nosotros, y más si ese juicio se refiere a otros o al mundo entero.

No estoy hablando de resignación ni de mantenerte dentro de situaciones que hoy te resultan dolorosas porque no sabes cuál es su verdadero significado. Simplemente, estoy hablando de reconocer que no sabes y que, por lo tanto, tus juicios y comportamientos se basan en suposiciones provisorias, que quizás hoy te resultan necesarias y funcionales, o simplemente no cuentas con otras mejores para sustituirlas, así que te vales de ellas. Eso está bien, sólo te pido que no olvides que son ideas que puedes abandonar y resignificar en cualquier momento. Eres más libre de lo que crees, y te aprisionas a ti mismo cuando te aferras al significado que le has dado a tus experiencias centrándote en el pasado.

Creo que a veces nos aferramos a las ideas porque las creemos nuestras, nos hemos identificado con ellas y tememos soltarlas porque lo experimentamos como la pérdida de nuestra identidad. Sin embargo, aunque no lo adviertas, ese significado casi nunca (por no decir nunca) viene de ti. Alguien te enseñó lo que es bueno y malo, alguien te dijo cómo se supone que las cosas deben ser. Alguien, tu familia, tu cultura, tu entorno, te transmitió esas ideas. Eso es inevitable, pero lo importante es examinar por nosotros mismos esas valoraciones. Desafortunadamente, la mayoría sólo hemos aceptado sin cuestionar lo que nos enseñaron. Este texto es, en buena medida, una invitación a incorporar este cuestionamiento en nuestro día a día.

Continuando con nuestro tema, cuando dejamos de poner nuestra atención en el pasado y nos abrimos al propósito de las cosas, nuestras experiencias se convierten en oportunidades y fuentes de aprendizaje, que no nos resultan evidentes cuando nos enfocamos en el pasado. Pero, ahora que hemos liberado nuestro presente del pasado, ¿no será que lo hemos atado al futuro? Dice Eckhart Tolle que la depresión sucede cuando tenemos la mira fija en el pasado, y la ansiedad, cuando la tenemos puesta en el futuro. No es lo que queremos, ¿cierto? Ya te dije al empezar que el tiempo lineal es sólo una ilusión, ¡y esto según la propia ciencia! Independientemente de tu opinión sobre el tema, cuando menos podemos decir que la naturaleza del tiempo sigue siendo un misterio para nuestras mentes.

Considerando esto, te propongo que ahora liberes a la idea del propósito del futuro. Ese ¿para qué? que te pido incorporar al análisis de lo que te sucede no tiene que ver con expectativas, con establecer de antemano cómo deben ser y darse las cosas, o cómo no deberían ser. El propósito florece y se nos revela precisamente cuando dejamos de esperar algo específico de lo que nos rodea. Así, el futuro también se nos va diluyendo y nos va quedando sólo el presente, que, según dicen los sabios, es lo único que hay.

De esto, en algún sentido, también habló Aristóteles, cuando dio al movimiento o cambio una explicación teleológica. Uno de los problemas que presentaba la idea del movimiento a ojos de los griegos es que parecía ser infinito: si todo lo que se mueve necesita de un motor que lo mueva, el movimiento sería infinito, lo que en su entendimiento era imposible. Para solucionar esto, Aristóteles postuló la idea del primer motor, o motor inmóvil (que algunos interpretan con cierta libertad como Dios). Se trata de un recurso lógico por medio del cual se evita el movimiento infinito. El motor inmóvil mueve sin ser movido, ya que, si se moviera, necesitaría de algo más que lo moviera. Y de nuevo tendríamos el problema que Aristóteles intentaba resolver. Para él, lógicamente no hay otra salida.

Es también interesante que Aristóteles identifica a este motor inmóvil con el Sumo Bien, y dice que es el objeto del amor y el deseo. Es télos (fin) de todo movimiento. Gracias a él, existen todas las demás cosas. Es acto puro, “el momento absoluto del mundo”, como diría Julian Marías en su Historia de la filosofía. Ese Bien, culminación de la filosofía aristotélica, es lo que anhelamos, hacia lo que tendemos y que, a la vez, no somos capaces de entender desde nuestra condición limitada, finita, y mucho menos de ponerlo en palabras.

Regresando a ti y a mí, que somos lo mismo, sí, tu deseabas que esa persona tan especial estuviera siempre contigo, ¿pero qué tal si, ahora que se ha ido, te permites descubrir el propósito de esta experienciaLo sé, tú esperabas que tu cuerpo fuera siempre saludable, pero, ahora que sus capacidades han disminuido o cambiado, ¿puedes abrirte a la pregunta del para qué? Sí, tú querías conservar ese gran trabajo por mucho más tiempo, mas ahora que lo has perdido, ¿puedes dejar que esta situación muestre el aprendizaje que tiene para ti? Tienes razón, yo escribí este texto para que tú lo leyeras, pero, más allá de mis expectativas, este proceso, cada una de sus palabras, de sus líneas y de las ideas, tiene un propósito en mi vida que puedo descubrir, si le permito revelarse.

El propósito no es obvio cuando anteponemos nuestros prejuicios, cuando no queremos reconocer nuestra ignorancia y nos aferramos a las viejas ideas y, sobre todo, cuando tenemos la mirada puesta en el pasado y en el futuro, porque el propósito sólo puede conocerse en el presente, en el eterno ahora. Tengo para mí que el propósito es algo universal, compartido, pero que, en nuestra vida humana, sólo podemos experimentarlo y formularlo de formas muy concretas. Y que es un camino que a cada uno nos corresponde recorrerlo, con aparente independencia pero en el fondo hermanados por ese fin al que aspiramos. Hemos de andar este camino con receptividad, es decir, dispuestos a mirar y escuchar más que a hablar y juzgar.

A pesar de su carácter enigmático, o más bien debido a ello, creo que podemos desprendernos de la necesidad de entender de antemano el propósito. Todo se desarrollará como debe ser, sin duda. Hay Dios, o dioses, energías, fuerzas, o como quieras llamarlo —que a mí las discusiones de este tipo me tienen sin cuidado—, que están operando y que, en última instancia y aunque ahora mismo no sea obvio, nos salvan del error.

Quizá lo mejor que podemos hacer es mantener una firme voluntad para desarrollar nuestra interioridad y mente para que seamos capaces de aprender la lección que se nos va brindando de diferentes maneras, una y otra vez, hasta que la aceptemos plenamente. Prepararnos para ello me parece el mejor uso que podemos hacer de nuestra libertad.

Para despedirme, quiero recomendarte un cuento hermoso que puede ser una gran ayuda para cuestionarnos acerca de nuestras ideas preconcebidas. Se titula “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. La primera vez que lo oí fue de boca de una dulce terapeuta con la que acudí durante algunos años y que me enseñó muchísimo. Hace unas semanas, lo escuché de nuevo en una entrevista a Álex Rovira, autor del bestseller La buena suerte, y puedes leerlo directamente en su página dando clic aquí.2 O bien, puedes escucharlo en la versión audio de este ensayo, en mi podcast Sueños de Tinta (Audioensayos), disponible en iVoox y Spotify.

Agradezco que me hayas acompañado en estas líneas.

¡Feliz instante, mentes soñadoras!

NOTAS

  1. Un curso de milagros es una enseñanza espiritual no dualista que me ha servido mucho para entender esto. Es un tema del que se ocupa en las primeras lecciones de su “Libro de Ejercicios”, parte fundamental del entrenamiento mental que el Curso propone.
  2. Si no conoces el trabajo de este autor y conferencista y te interesan los temas del desarrollo personal, te recomiendo revisar su trabajo, que es de excelente calidad.

El propósito nunca es obvio

Había una vez un hombre que, inesperadamente, recibió una herencia. Sus primeras ideas cuando se enteró de tal noticia fueron acerca de cómo, por fin, podría asegurar su futuro y, además, del bien que podría hacer valiéndose de su fortuna.

No obstante, entre gastos imprevistos, malas inversiones y una tendencia al derroche, acabó por perderlo todo al cabo de un año. El resto de sus días, lo pasó lamentándose por sus malas decisiones y por haber perdido su gran oportunidad.

¿Te suena familiar esta historia? Tal vez nunca has recibido una herencia, y puede que el dinero no ocupe un lugar importante en tus preocupaciones cotidianas. Y aun así, apuesto a que conoces bien el sinsabor de haber tomado una mala decisión, o de haber sido “víctima” del destino, lo que marcó irremediablemente tu vida de una forma que tú nunca hubieras querido.

Sin embargo, el propósito nunca es algo obvio… Estamos tan acostumbrados a atribuir a nuestras experiencias un significado establecido (que casi nunca viene de nosotros, sino de lo que nos han enseñado que debe ser) que pasamos por alto que toda vivencia entraña un oportunidad, o un aprendizaje, que no siempre es evidente a primera vista.

Y no es evidente porque la vida sea muy complicada, como nos resulta cómodo creer, sino porque, precisamente, ponemos nuestras expectativas sobre cada situación que nos acontece. Juzgamos cómo deben ser las cosas y cómo no, y en ese proceso que realizamos de forma automática, impedimos que cada acontecimiento, cada experiencia, florezca plenamente revelándonos su verdadero propósito.

¿Y qué tal que el propósito de esa persona que fue tan especial en tu vida no era quedarse para siempre contigo, sino que estuvo y se fue por algo más? ¿Has considerado que el propósito de tu cuerpo, ahora incapacitado por una enfermedad o accidente, no era ser por siempre saludable, sino que se trataba de algo más? ¿Te ha pasado por la cabeza la idea de que el significado de ese gran trabajo que perdiste no era que lo conservaras hasta el fin de tus días, sino algo más?

Tal vez, si el hombre de nuestra historia hubiera reconocido que el propósito nunca es obvio hubiera reconocido que su experiencia le brindaba la oportunidad de entender que los bienes materiales van y vienen, y que depositar la paz y la esperanza en un ídolo tan caprichoso no puede sino conducir a la decepción. Tal vez…

Pero, ¡yo qué sé! Para nuestro disgusto el propósito nunca es obvio y, peor aún, la respuesta no puede ser formulada universalmente. No sé qué aprendizaje estaba oculto tras la pérdida de su fortuna, como tampoco sé lo que está presto a revelarse en tus experiencias. Ése es un camino que a cada uno nos toca realizar.

Lo que sí sé es que hay que acallar la mente. Juzgar menos y escuchar más, a la vida y a nosotros. Porque el propósito se vuelve obvio para quien verdaderamente está dispuesto a mirarlo.