¿Para qué?, o del propósito

La idea del tiempo lineal, esto es, la creencia de que existe una continuidad entre pasado, presente y futuro, es bastante dudosa. Incluso desde la física, ha sido puesta en entredicho y calificada de ilusoria. Y sobre lo que han dicho los filósofo acerca del tiempo, ni qué decir. El tema daría para muchas páginas.

En esta ocasión, me gustaría abordar el tema centrándome en la teleología. La teleología se refiere a cómo las cosas o los acontecimientos presentes encuentran su razón de ser en su fin o su propósito Me gustaría que reconocieras el interés que puede tener esta perspectiva. Así que, demos un paso atrás para darnos cuenta de cómo solemos explicarnos lo que nos sucede, o bien cómo es que, usualmente, explicamos el ser o naturaleza de las cosas y los seres.

Hagámoslo a través de un ejemplo. Si queremos indagar acerca del ser de este texto podemos dar al menos 4 respuestas: 1)  que su causa soy yo, que lo escribí; 2) que es el orden y disposición de las ideas que se exponen, y que lo hacen ser lo que es distinguiéndolo de cualquier otro texto; 3) que su causa son las palabras que lo conforman, e incluso, si somos más extremista, los píxeles que permiten que lo leas, esto es, los elementos de que está hecho; y 4) que su razón de ser es que alguien, tú, lo leas.

Para dar cuenta de este texto, hemos acudido a la teoría de las cuatro causas de Aristóteles, el más destacado discípulo de Platón nacido en Estagira, antigua ciudad de Macedonia, en el año 384 a. C. Ahondaré más en esta teoría, pero debo advertir que me estoy tomando bastantes libertades al valerme de este aspecto de la filosofía aristotélica, puesto que para este filósofo, el verdadero conocimiento, que da certeza, sólo puede ser de lo universal; en cambio, de lo particular —como es el caso de este texto— siempre puede ser abordado desde infinitas perspectivas, ninguna de las cuales agota por completo la realidad. No obstante, en esta ocasión y hecha la advertencia, me permitiré hablar de esta teoría para pensar sobre cómo los fines están implicados en nuestra experiencia del presente y lo que éste nos ofrece.

Volviendo a nuestro ejemplo, según la teoría aludida, todo proceso implica 4 causas: la material (que en nuestro ejemplo sería las palabras o píxeles, aquello de lo que la cosa está hecha), la formal (en nuestro caso, el ordenamiento de las ideas, el molde o la forma), la eficiente (yo, que lo estoy escribiendo, quien ejecuta o hace) y la final o teleológica (para que tú lo leas, su fin o propósito).

Me interesa que nos centremos en esta última explicación, puesto que se responde a través de la pregunta ¿para qué? Cuando nos cuestionamos acerca de algo que nos está ocurriendo solemos teñir nuestra experiencia presente con elementos del pasado. Esto es, pensamos que una cosas, persona o acontecimiento que previamente existió o tuvo lugar ha sido la causa de esta experiencia que ahora intentamos comprender.

Al preguntarnos por la causa (el porqué) de algo buscamos en el pasado cercano o remoto. Esto es lo más usual y lo hacemos de forma automática. Lo que quiero proponerte no es que descartes esta posibilidad del todo, sino que consideres también la pregunta sobre el para qué, sobre el fin o el propósito. Créeme, a veces un cambio en la perspectiva puede hacer un mundo de diferencia.

Ante las vivencias que consideramos “negativas”, imbuirnos sin más en pensamientos acerca del pasado puede producirnos mucha impotencia y culpa. Nos lamentamos por las malas decisiones tomadas, por la mala suerte que tuvimos, por lo injusta que ha sido la vida con nosotros. Todas estas valoraciones que hacemos sobre lo que nos sucede son arbitrarias. La mala suerte de una persona puede ser la fortuna de otra, no lo olvides, es un tema de perspectiva. Si no te convence esto que digo, te invito a revisar el ejercicio de sustracción mental del que te platiqué en la publicación sobre la gratitud.

He querido proponerte este cambio de perspectiva, este pasar de la atención en el pasado al para qué de algo, porque en lo personal me ha sido de gran utilidad creer que, si se lo permito, cada situación tiene un propósito, un aprendizaje que brindarme. No es fácil aceptar algo así, lo sé. Yo misma me he resistido con frecuencia a este tipo de posiciones.

Me parece que la resistencia principal radica en que, para aceptar que todo tiene un propósito, tenemos que ser capaces de liberar a nuestras experiencias de todo significado que le hayamos dado.1 Debemos reconocer que nuestra perspectiva es demasiado limitada como para que podamos saber lo que verdaderamente es  bueno o malo para nosotros, y más si ese juicio se refiere a otros o al mundo entero.

No estoy hablando de resignación ni de mantenerte dentro de situaciones que hoy te resultan dolorosas porque no sabes cuál es su verdadero significado. Simplemente, estoy hablando de reconocer que no sabes y que, por lo tanto, tus juicios y comportamientos se basan en suposiciones provisorias, que quizás hoy te resultan necesarias y funcionales, o simplemente no cuentas con otras mejores para sustituirlas, así que te vales de ellas. Eso está bien, sólo te pido que no olvides que son ideas que puedes abandonar y resignificar en cualquier momento. Eres más libre de lo que crees, y te aprisionas a ti mismo cuando te aferras al significado que le has dado a tus experiencias centrándote en el pasado.

Creo que a veces nos aferramos a las ideas porque las creemos nuestras, nos hemos identificado con ellas y tememos soltarlas porque lo experimentamos como la pérdida de nuestra identidad. Sin embargo, aunque no lo adviertas, ese significado casi nunca (por no decir nunca) viene de ti. Alguien te enseñó lo que es bueno y malo, alguien te dijo cómo se supone que las cosas deben ser. Alguien, tu familia, tu cultura, tu entorno, te transmitió esas ideas. Eso es inevitable, pero lo importante es examinar por nosotros mismos esas valoraciones. Desafortunadamente, la mayoría sólo hemos aceptado sin cuestionar lo que nos enseñaron. Este texto es, en buena medida, una invitación a incorporar este cuestionamiento en nuestro día a día.

Continuando con nuestro tema, cuando dejamos de poner nuestra atención en el pasado y nos abrimos al propósito de las cosas, nuestras experiencias se convierten en oportunidades y fuentes de aprendizaje, que no nos resultan evidentes cuando nos enfocamos en el pasado. Pero, ahora que hemos liberado nuestro presente del pasado, ¿no será que lo hemos atado al futuro? Dice Eckhart Tolle que la depresión sucede cuando tenemos la mira fija en el pasado, y la ansiedad, cuando la tenemos puesta en el futuro. No es lo que queremos, ¿cierto? Ya te dije al empezar que el tiempo lineal es sólo una ilusión, ¡y esto según la propia ciencia! Independientemente de tu opinión sobre el tema, cuando menos podemos decir que la naturaleza del tiempo sigue siendo un misterio para nuestras mentes.

Considerando esto, te propongo que ahora liberes a la idea del propósito del futuro. Ese ¿para qué? que te pido incorporar al análisis de lo que te sucede no tiene que ver con expectativas, con establecer de antemano cómo deben ser y darse las cosas, o cómo no deberían ser. El propósito florece y se nos revela precisamente cuando dejamos de esperar algo específico de lo que nos rodea. Así, el futuro también se nos va diluyendo y nos va quedando sólo el presente, que, según dicen los sabios, es lo único que hay.

De esto, en algún sentido, también habló Aristóteles, cuando dio al movimiento o cambio una explicación teleológica. Uno de los problemas que presentaba la idea del movimiento a ojos de los griegos es que parecía ser infinito: si todo lo que se mueve necesita de un motor que lo mueva, el movimiento sería infinito, lo que en su entendimiento era imposible. Para solucionar esto, Aristóteles postuló la idea del primer motor, o motor inmóvil (que algunos interpretan con cierta libertad como Dios). Se trata de un recurso lógico por medio del cual se evita el movimiento infinito. El motor inmóvil mueve sin ser movido, ya que, si se moviera, necesitaría de algo más que lo moviera. Y de nuevo tendríamos el problema que Aristóteles intentaba resolver. Para él, lógicamente no hay otra salida.

Es también interesante que Aristóteles identifica a este motor inmóvil con el Sumo Bien, y dice que es el objeto del amor y el deseo. Es télos (fin) de todo movimiento. Gracias a él, existen todas las demás cosas. Es acto puro, “el momento absoluto del mundo”, como diría Julian Marías en su Historia de la filosofía. Ese Bien, culminación de la filosofía aristotélica, es lo que anhelamos, hacia lo que tendemos y que, a la vez, no somos capaces de entender desde nuestra condición limitada, finita, y mucho menos de ponerlo en palabras.

Regresando a ti y a mí, que somos lo mismo, sí, tu deseabas que esa persona tan especial estuviera siempre contigo, ¿pero qué tal si, ahora que se ha ido, te permites descubrir el propósito de esta experienciaLo sé, tú esperabas que tu cuerpo fuera siempre saludable, pero, ahora que sus capacidades han disminuido o cambiado, ¿puedes abrirte a la pregunta del para qué? Sí, tú querías conservar ese gran trabajo por mucho más tiempo, mas ahora que lo has perdido, ¿puedes dejar que esta situación muestre el aprendizaje que tiene para ti? Tienes razón, yo escribí este texto para que tú lo leyeras, pero, más allá de mis expectativas, este proceso, cada una de sus palabras, de sus líneas y de las ideas, tiene un propósito en mi vida que puedo descubrir, si le permito revelarse.

El propósito no es obvio cuando anteponemos nuestros prejuicios, cuando no queremos reconocer nuestra ignorancia y nos aferramos a las viejas ideas y, sobre todo, cuando tenemos la mirada puesta en el pasado y en el futuro, porque el propósito sólo puede conocerse en el presente, en el eterno ahora. Tengo para mí que el propósito es algo universal, compartido, pero que, en nuestra vida humana, sólo podemos experimentarlo y formularlo de formas muy concretas. Y que es un camino que a cada uno nos corresponde recorrerlo, con aparente independencia pero en el fondo hermanados por ese fin al que aspiramos. Hemos de andar este camino con receptividad, es decir, dispuestos a mirar y escuchar más que a hablar y juzgar.

A pesar de su carácter enigmático, o más bien debido a ello, creo que podemos desprendernos de la necesidad de entender de antemano el propósito. Todo se desarrollará como debe ser, sin duda. Hay Dios, o dioses, energías, fuerzas, o como quieras llamarlo —que a mí las discusiones de este tipo me tienen sin cuidado—, que están operando y que, en última instancia y aunque ahora mismo no sea obvio, nos salvan del error.

Quizá lo mejor que podemos hacer es mantener una firme voluntad para desarrollar nuestra interioridad y mente para que seamos capaces de aprender la lección que se nos va brindando de diferentes maneras, una y otra vez, hasta que la aceptemos plenamente. Prepararnos para ello me parece el mejor uso que podemos hacer de nuestra libertad.

Para despedirme, quiero recomendarte un cuento hermoso que puede ser una gran ayuda para cuestionarnos acerca de nuestras ideas preconcebidas. Se titula “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. La primera vez que lo oí fue de boca de una dulce terapeuta con la que acudí durante algunos años y que me enseñó muchísimo. Hace unas semanas, lo escuché de nuevo en una entrevista a Álex Rovira, autor del bestseller La buena suerte, y puedes leerlo directamente en su página dando clic aquí.2 O bien, puedes escucharlo en la versión audio de este ensayo, en mi podcast Sueños de Tinta (Audioensayos), disponible en iVoox y Spotify.

Agradezco que me hayas acompañado en estas líneas.

¡Feliz instante, mentes soñadoras!

NOTAS

  1. Un curso de milagros es una enseñanza espiritual no dualista que me ha servido mucho para entender esto. Es un tema del que se ocupa en las primeras lecciones de su “Libro de Ejercicios”, parte fundamental del entrenamiento mental que el Curso propone.
  2. Si no conoces el trabajo de este autor y conferencista y te interesan los temas del desarrollo personal, te recomiendo revisar su trabajo, que es de excelente calidad.

Sobre el método socrático – Filosofía en la Red

El diálogo socrático posee también un aspecto que podríamos calificar de constructivo, en tanto que ese saber que no se sabe, es decir, la conciencia de la propia ignorancia, se convierte en punto de partida para una indagación que “dará a luz” a nuevas ideas.

Si quieres saber más sobre este tema propio de la filosofía de la filosofía, o metafilosofía, te invito a que veas la siguiente reflexión que se publicó en Filosofía en la Red, y que he titulado Por “El camino de la interrogación”

¡Feliz lectura, mentes soñadoras!

Un veneno que cura

No tengo nada,
¡Más que esta tranquilidad!
¡Este frescor!

Kobayashi Issa

La historia de nuestro nacimiento es una mera fábula. Nuestro origen es ajeno a todo tiempo y lugar. Luchar para existir, para ser. ¿Puede haber algo más extraño que eso? La razón que no se ha olvidado de que también es sentimiento se niega a aceptarlo. Si, en última instancia, todo lo que nace y muere carece de sustancia, la lucha por la supervivencia se convierte en la batalla de espejismos.  

El veneno que libremente ingerimos alcanzará su dosis exacta y se volverá sanación. Como no recuerda, Eduardo Monteverde “Los anhelos de curación y las intenciones venenosas son las mismas”. Así, todo depende del deseo, de la intención, de una voluntad que titubea. Entonces, la liberación se atisba, mas no parece duradera. No importa, sanaremos porque se trata de una elección que podemos postergar, pero no evitar.

Y entonces, no habrá más ataque, ni defensas. Ni espadas, ni escudos. El ser y el mundo ilusorios se dejarán de lado, y liberados de esos límites que nosotros mismos nos hemos impuesto, por fin iremos al encuentro de nuestro Ser, que es Uno y de todos.

La irrealidad de la desolación y la penumbra será evidente, y nuestro Universo se llenará de vivencias que de verdad son Vida. Desde nuestro ser espiritual, no habrá más mutismo, nos comunicaremos desde el corazón. Encontramos la fortaleza que creíamos perdida, pero que siempre estuvo ahí.

No negamos el sufrimiento. Lo transmutamos porque, desde el espíritu, todo queda unido: llanto y alegría, bien y mal, falso y verdadero. Ya no somos penitentes ni creemos que para vivir haya que sufrir. El tormento de un vacío que es falta, carencia, cede ante la Presencia que se derrama en esa vacuidad que no duele sino que libera, nos fusiona y nos completa.  

El compromiso más sagrado

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Ayer, mi persona favorita me dijo “No me gustan los cambios”. “¿Y a quién sí?”, pensé, pero no dije nada, pues no me parecieron palabras adecuadas para ese momento. Incluso los detractores de las rutinas, ante cambios inesperados en su vida, han llegado a experimentar abatimiento, malestar, ansiedad y, en fin, la consecuente pérdida de equilibrio que implica el recordar que, en realidad, siembre andamos sobre arenas movedizas, aunque a veces la vida nos permita olvidarlo por un rato.

¿De qué depende el que algunas personas reaccionemos mejor y otras peor ante los cambios? Muchos dirán que de eso que llamamos personalidad. Tengo mis dudas. Aunque, en general, la personalidad pude tener un importante peso en este sentido, he constatado en mí misma que ésta no es definitoria.

¿Dependerá entonces de la magnitud o naturaleza del cambio? Me parece que tampoco puedo estar de acuerdo: he colapsado ante mínimas modificaciones y me he descubierto vigorizada y valiente ante “grandes” y “dramáticos” cambio, aunque ni yo misma lo habría creído si me lo hubieran contado.

Quizá es momento de introducir en estas divagaciones una precisión: Los cambios son aquellos sucesos que consideramos que tienen lugar afuera de nosotros y el equilibrio es un estado que percibimos como interno.

Lo externo conjuga un sinfín de factores que escapan al control de nuestras individualidades. Es el terreno de la total incertidumbre, y pensándolo así, resulta algo masoquista que nos hayamos enseñado a poner la mira siempre en ese “afuera” y no en el proceso interno o, más precisamente, en la conciencia que somos y que está experimentando ese “afuera”.

Este volcarnos al exterior, tiene como consecuencia la tendencia de vivir en el mañana: tal vez mañana, cuando las cosas cambien, estemos un poco menos tristes, menos desesperados. Ante esas enseñanzas que tienen como centro el afuera y el futuro, es decir, que consiguen que nos evadamos a nosotros mismos de manera magistral, existe una sabiduría ancestral expresada de muchas formas, según la cual la realidad es AHORA y el pasado y el presente no son más que ilusiones. Una sabiduría que nos indica que, en realidad, el afuera y el adentro no son distintos.  

Sin pretender ahondar en un tema tan complejo por simple, pues a nuestra mente le gustan las pseudoverdades  retorcidas, si nos cuidamos de malentender estas enseñanzas, nos daremos cuenta de que no son, como a veces nos gustaría creer, recetas mágicas para atraer lo que siempre hemos deseado (¡y qué suerte!). Estas enseñanzas son siempre una  exhortación a que indaguemos con seriedad el funcionamiento de nuestra mente.

Y al hacer esto, comenzamos a entrever cómo la continua planificación y nuestras expectativas provienen de un apego malsano a lo exterior. O bien, dicho al revés, al mantener la firme creencia de que, cuando las cosas de “afuera” sean como yo quiero, seré feliz, no nos queda más remedio que consagrar nuestros mejores esfuerzos a que lo externo se amolde a nuestras expectativas. Pero, en esos casos, el resultado siempre será dudoso.

Está bien que sepamos qué estamos esperando ante una ola de cambios en nuestra vida y está bien que tomemos acción para que ello se consiga. No obstante, conviene que nos formulemos la siguiente pregunta: “Si el carácter caprichoso de los acontecimientos no me brinda el escenario esperado, ¿podría estar en paz con eso?”. Siendo honestos, muchos contestaríamos que no, y entonces tendríamos que cuestionarnos por qué seguimos poniendo en marcha dinámicas mentales que nos producen sufrimiento, pues cualquier falta de paz ES SUFRIMIENTO.

¿Y si por fin nos comprometemos a dejar de vivir en la inconsciencia y, a fin de cuentas, en el automaltrato? ¿Estamos lo suficientemente hartos de vivir como lo hemos hecho como para establecer un compromiso con nosotros mismos que nos conduzca de vuelta a nuestra realidad, a esa paz en la que nos reconocemos?

Las aguas que conforman el río de nuestra vida podrán moverse todo lo que quieran, pero siempre podemos comprometernos a ver en ello una oportunidad más para conocernos. Viktor E. Frankl, quien supo entender a la perfección que la psicoterapia no puede prescindir de lo espiritual, insistió en la libertad que todos tenemos respecto a dotar de sentido nuestras vidas, y ese sentido, en mi opinión, consiste en recordar la realidad de nuestro Ser.

El compromiso de permitirnos ver en cada nuevo escenario una oportunidad de autoconocimiento ha  de renovarse las veces que sea necesario. Este compromiso, que es el más sagrado que podemos hacer en nuestro paso por la tierra, vale toda perseverancia. La creencia de que podemos fallar no ha de hacer que nos abandonemos a nosotros mismos de nuevo.

Ésta es una libertad —o responsabilidad, su otra cara— que nadie nos puede quitar, pero sí podemos renunciar a ella. De hecho, continuamente lo hacemos, siendo irresponsables con nosotros mismos. Sin embargo, sin culpas y más bien con amor, retomemos el rumbo las veces que sea necesario, pues hemos de hacer prevalecer el compromiso más sagrado.

Ser y no ser en el País de las Maravillas

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El encanto de la historia y sabiduría de Alicia… me hace volver a sus páginas continuamente. El uso magistral que Lewis Carroll hace del lenguaje en esta obra posee un encanto curioso y más que curioso.

Lewis Carroll fue un inglés que vivió en la segunda mitad de siglo XIX. Fue diácono, profesor de matemáticas, escritor de libros de lógica, poesía y ficción. Un personaje peculiar. Alicia no fue su única obra de ficción, pero sí la más conocida.

Ya lo he dicho dos veces: Alicia… es un libro encantador, y lo es en varios sentidos. Es cautivador, atrayente y magnífico, pero también es una suerte de hechizo: la extrañeza producida por la característica y aparente sinrazón de algunos de sus mejores diálogos —tan demenciales como magníficos o, más bien, magníficos por demenciales— nos transporta a estadios del entendimiento que escapa a la definición precisa y sistemática. Un hechizo que transporta y que transforma. ¿Convirtiéndonos en qué? Con esta pregunta, adentrémonos de la mano de Lewis Carroll en el sueño de Alicia y a una de las preguntas fundamentales del pensamiento filosófico: en realidad, ¿quién soy?

El enigma de la identidad personal

Para mí, el recorrido de Alicia por el País de las Maravillas retrata el desenvolvimiento de nuestro andar como individuos y como especie. Igual que ella, en nuestro recorrido por un mundo de maravillas y pesadillas, cada instante, en nuestras relaciones y en nuestra soledad, en las remembranzas y en los anhelos más secretos, en nuestro decir y en nuestro actuar, en todos y cada uno de los aspectos que conforman nuestra vida, siempre, y aun cuando no lo advirtamos así, estamos dando una respuesta a la pregunta ¿quién soy?

«¡Qué extraño resulta todo hoy […] ¿Habré cambiado por la noche? Vamos a ver, ¿era la misma cuando me he levantado esta mañana? Creo que recuerdo sentirme un poco distinta. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es: ¿entonces quién soy yo?».

Basamento de incontables transformaciones desde el nacimiento hasta la muerte, la única certeza de ese yo confuso que se pregunta acerca de sí mismo es que no sabe quién es, lo cual no deja de ser curioso y más que curioso. ¿Cómo es posible que lo que verdaderamente es deje de ser para convertirse en lo que no era, o que lo que no era haya llegado a ser?

El asombro causado por los cambios del mundo y los nuestros ha sido fiel compañero de la filosofía desde sus orígenes en Grecia. Hoy nosotros —como los griegos y como Alicia— seguimos preguntándonos: ¿quién soy? Recordemos aquel diálogo sobre el cambio y el Ser de Alicia y la Oruga:

«—¿Tú quién eres? —le preguntó […]

»—En este preciso momento, señora, no lo sé muy bien […] me temo que he cambiado varias veces […]

»—¿Qué es lo que quieres decir? —preguntó la Oruga secamente—. ¡Explícate!

»—Creo que no puedo explicarme, señora —repuso Alicia—, porque no soy yo misma, ya lo ve […] Para empezar ni siquiera yo misma lo entiendo, y además cambiar de tamaño tantas veces en un solo día resulta bastante confuso […] quizá usted no ha pasado por esto, pero cuando se convierta en crisálida, que algún día le ocurrirá, ya sabe, y después en mariposa, me figuro que se sentirá un poco extraña, ¿no cree?

»—Nada de eso —afirmó la Oruga».

¡Qué zen resultó esta oruga que tan bien acepta el asunto del devenir! Todo lo contrario a los antiguos griegos que tan anonadados quedaron con la idea del cambio que lo hicieron el centro de sus reflexiones. No obstante, gracias a esa perplejidad que los fundadores de la filosofía occidental acogieron tan seriamente, tenemos la historia que tenemos y hemos llegado a ser lo que somos. Pero ¿quiénes somos?

Nosotros sabemos que este encuentro entre la Oruga y Alicia tiene lugar en el sueño de la niña. En principio, Alicia es una durmiente que sueña. ¿Sólo eso? Difícilmente, pero quizá si Alicia hubiera experimentado la respuesta a su pregunta, hubiera despertado de su sueño en ese instante y nosotros nos hubiéramos quedado sin varias páginas de aventuras. Ahora que ha despertado, podemos preguntar nosotros: ¿quién es Alicia? ¿Quiénes somos? ¿Quién soy?

Si te gustó esta entrada, inscríbete al blog porque más adelante habrá  más de Alicia en el País de las Maravillas y de A través del espejo, así como de Lewis Carroll, quien, como ven, en su obra dio vida a las preocupaciones y temas más filosóficos o, simplemente, humanos.

Cuéntenme cuáles son sus pasajes o personajes favoritos. Y si todavía no leen esta fascinante obra de la literatura universal, ¿qué están esperando?

¡Hasta pronto y feliz instante, mentes soñadoras! ¡Prrr…!

LECTURAS RECOMENDADAS:

  • Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del espejo de Lewis Carroll. Una edición sumamente recomendable es Alicia anotada, con comentarios de Martin Gardner. O bien Alicia en el País de las Maravillas publicado por Susaeta, de donde han sido tomadas las citas.
  • Irwin William y Richard Brian Davis (coords.), La filosofía de Alicia en el País de las Maravillas, México, Paidós, 2013. Un conjunto de ensayos dirigidos al público general. ¡Una excelente forma de introducirte a la filosofía y al mundo de Lewis Carroll!