Los rituales

El ritual “debe” realizarse. Apropiadamente, claro: en el momento exacto, con las repeticiones exactas, de la forma exacta. De su correcta ejecución depende que la ansiedad y la incomodidad, los sentimientos de privación e ira, se mantengan alejados

K. Wapnick

Arrancados del Todo, y por lo tanto sintiéndonos carentes y culpables por creer que hemos traicionado a Dios, a la Unidad, tratamos de lidiar con la ansiedad, la depresión, la ira, el odio hacia nosotros mismos, “haciendo cualquier trato demente con el mundo” (UCDM). Identificados con el ego y habiendo olvidado nuestra verdadera identidad espiritual, estudiamos y luego trabajamos, cumplimos con los mandamientos para tener la salud y el cuerpo perfectos, seguimos los convencionalismos para socializar y mantener relaciones, buscamos formas de divertirnos o nos entregamos al ocio, luchamos por salvar el mundo, nos volvemos ascetas o libertinos. La evasión puede cobrar un sinnúmero de formas. El día a día se nos volvió ritual. Han quedado soterradas en nuestro inconsciente las razones, pues ¿de qué otra cosa sino de nublar la conciencia trata el ritual? Y más importante, ¿se puede vivir de otra manera?

El propósito nunca es obvio

Había una vez un hombre que, inesperadamente, recibió una herencia. Sus primeras ideas cuando se enteró de tal noticia fueron acerca de cómo, por fin, podría asegurar su futuro y, además, del bien que podría hacer valiéndose de su fortuna.

No obstante, entre gastos imprevistos, malas inversiones y una tendencia al derroche, acabó por perderlo todo al cabo de un año. El resto de sus días, lo pasó lamentándose por sus malas decisiones y por haber perdido su gran oportunidad.

¿Te suena familiar esta historia? Tal vez nunca has recibido una herencia, y puede que el dinero no ocupe un lugar importante en tus preocupaciones cotidianas. Y aun así, apuesto a que conoces bien el sinsabor de haber tomado una mala decisión, o de haber sido “víctima” del destino, lo que marcó irremediablemente tu vida de una forma que tú nunca hubieras querido.

Sin embargo, el propósito nunca es algo obvio… Estamos tan acostumbrados a atribuir a nuestras experiencias un significado establecido (que casi nunca viene de nosotros, sino de lo que nos han enseñado que debe ser) que pasamos por alto que toda vivencia entraña un oportunidad, o un aprendizaje, que no siempre es evidente a primera vista.

Y no es evidente porque la vida sea muy complicada, como nos resulta cómodo creer, sino porque, precisamente, ponemos nuestras expectativas sobre cada situación que nos acontece. Juzgamos cómo deben ser las cosas y cómo no, y en ese proceso que realizamos de forma automática, impedimos que cada acontecimiento, cada experiencia, florezca plenamente revelándonos su verdadero propósito.

¿Y qué tal que el propósito de esa persona que fue tan especial en tu vida no era quedarse para siempre contigo, sino que estuvo y se fue por algo más? ¿Has considerado que el propósito de tu cuerpo, ahora incapacitado por una enfermedad o accidente, no era ser por siempre saludable, sino que se trataba de algo más? ¿Te ha pasado por la cabeza la idea de que el significado de ese gran trabajo que perdiste no era que lo conservaras hasta el fin de tus días, sino algo más?

Tal vez, si el hombre de nuestra historia hubiera reconocido que el propósito nunca es obvio hubiera reconocido que su experiencia le brindaba la oportunidad de entender que los bienes materiales van y vienen, y que depositar la paz y la esperanza en un ídolo tan caprichoso no puede sino conducir a la decepción. Tal vez…

Pero, ¡yo qué sé! Para nuestro disgusto el propósito nunca es obvio y, peor aún, la respuesta no puede ser formulada universalmente. No sé qué aprendizaje estaba oculto tras la pérdida de su fortuna, como tampoco sé lo que está presto a revelarse en tus experiencias. Ése es un camino que a cada uno nos toca realizar.

Lo que sí sé es que hay que acallar la mente. Juzgar menos y escuchar más, a la vida y a nosotros. Porque el propósito se vuelve obvio para quien verdaderamente está dispuesto a mirarlo.

Nuestro ser tiende a la paz

Nuestro Ser tiende a la paz… No me refiero a la tranquilidad esporádica que, ocasionalmente, experimentamos en nuestro andar por esta vida. Esa tranquilidad que disfrutamos sólo cuando las cosas del mundo se corresponden con nuestros deseos, conscientes o inconscientes. Esa tranquilidad o felicidad que sentimos cuando los otros se están portando como creemos que deben comportarse.

Después de un tiempo de andar por este mundo, aprendemos que ésos no son sino estados pasajeros, superficiales, que a veces ni siquiera somos capaces de disfrutar en verdad porque, bien lo sabemos, no tardarán en abandonarnos. Así, los vivimos en una continua alerta esperando su final.

Y, aun así, nuestro Ser tiende a la paz…

Muchos filósofos y pensadores se han ocupado de reflexionar sobre nuestra negativa a aceptar el sufrimiento. Al final, resulta que no somos las ranas de aquel experimento cruel que se acostumbraron a estar en un agua tan ardiente que acabaron muriendo abrasadas. No lo somos porque nuestro Ser tiende a la paz y sólo ahí nos reconocemos.

¿Cómo hacer compatible este deseo de serenidad con nuestro paso por un mundo que nos da testimonio una y otra vez de que la paz duradera no es posible? ¿Será que somos unos neuróticos que se rehúsan a aceptar lo que es? Pero es que nuestro Ser tiende a la paz… Y entonces, ¿no será la verdadera demencia resignarnos a estar en un lugar que, al parecer, nada tiene que ver con nosotros?

Las especulaciones filosóficas pueden ser interesantes y hasta divertidas. ¿Necesarias? Eso no lo sé. Son muchos los senderos que nos pueden conducir al interior de nosotros, a ese no lugar donde nos (re)conocemos. Lo cierto es que en el fondo ya lo sabemos, aunque con frecuencia lo olvidamos: nuestro ser tiende a la paz. Es paz. Ésa y no otra ha de ser la meta de nuestro aprendizaje.

Escribirse

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Escribir sobre nosotros mismos es un acto creativo. Digo creativo en un sentido profundo, que va más allá del ingenio o la elocuencia. En este sueño que es la vida, la escritura es un acto de crearnos a nosotros mismos, ni más ni menos. Cuando cobramos valor para plasmar algunas palabras que nos cuenten, tras el punto final ya hemos dejado de ser quienes éramos al escribir la letra inicial.

Independiente del tono en que escribamos, sean nuestras quejas o agradecimientos, nuestros aprendizajes o errores, nuestros logros o sinsabores, nuestros deseos o desilusiones, siempre a la escritura le sigue un encuentro con nosotros mismos. Encuentro del que salimos transformados.

Por eso, no hay que dejar de escribir. No nos privemos de es técnica ancestral que cambió el rumbo de la humanidad y que, hoy, puede hacernos más comprensible nuestro propio mundo y nuestro estar en él.

Existen muchas vías para conectar con nosotros mismos. El encuentro y diálogo honesto con los otros. La contemplación de todo lo que nos rodea y que nos ayuda a habitar el presente. La oración. La lectura. La música. Son muchos los caminos, y sin duda la escritura es uno de ellos.

Porque, al final, para mí de eso se trata escribir y, ¿por qué no?, vivir: ser lo suficientemente osados como para sumergimos más allá de lo que nos pasa, de los pensamientos rumiantes del día a día que nos dicen que el pasado pesa como una lápida sobre nuestros hombros y que el futuro nos acecha. Sumergirnos más allá de los deberes y tareas impostergables.

Sumergirnos… ¿hasta dónde? Hasta ese no lugar donde reconocemos la perfecta unicidad que sostiene la vida. Y en ese instante, que es pura eternidad, nos encontramos.

Si la escritura puede ayudarnos a ello, y yo creo que sí, bienvenida sea.